ROMA CONQUISTA EL MUNDO

ROMA CONQUISTA EL MUNDO
A principios del siglo ni a. de C., cuando la cultura
alejandrina que acaba de describirse comenzaba
a florecer bajo el amparo de los Tolomeos, el mundo
griego se vio obligado a reconocer el surgimiento
de una nueva potencia “bárbara” en Occidente. Un
rey griego, Pirro de Epiro, había invadido Italia para
ayudar a la ciudad griega de Tarento en una guerra
contra Roma. A1 cabo de varios años de duros
combates fue derrotado en toda la línea y tuvo que
evacuar el suelo italiano en el año 275 a. de C. Como
consecuencia de esta derrota, las ciudades griegas
del sur de Italia cayeron bajo la dominación
romana. Roma, que ya había conquistado el resto de
la península, quedó así dueña de Italia.
Esta ciudad, que de modo tan terminante afirmaba
su poder, había sido fundada, según la tradición,
en 753 a. de C. Luego de un período
monárquico que duró aproximadamente dos siglos
y medio, del cual nos han quedado interesantes relatos
legendarios, pero ninguno verdaderamente
histórico. Roma se libró de sus reyes de acuerdo
con la versión tradicional, a fines del siglo vi a. de C.
De ser así, su surgimiento como república habría
coincidido con el establecimiento de la democracia
en Atenas. Dentro de la república romana tuvo lugar
una notable evolución política, encarnada en la
famosa querella de las órdenes ( patricios y plebeyos
) . Con este conflicto, se entra ya, sin duda, en el
terreno de la historia, pues si bien los detalles de la
narración pueden ser ficticios, sus líneas generales
están abonadas por la supervivencia en tiempos
históricos de las instituciones que surgieron de ese
movimiento social. Al finalizar dicha evolución, o
sea, hacia comienzos del siglo III a. de C., Roma
había depuesto a su aristocracia hereditaria, la orden
de los patricios. El Estado pasó a ser administrado
por un comité de magistrados elegidos anualmente,
de los cuales los más importantes eran los dos cónsules.
El senado, que representaba a la vieja aristocracia
acompañada por los plebeyos ricos
recientemente admitidos en el círculo mágico de la
clase gobernante, constituía un consejo consultivo
permanente, y era en realidad el asiento del poder.
Empero, nominalmente, las asambleas populares, ya
representaran a todo el populus romanus o meramente
a los plebeyos presididos por sus propios
magistrados, los tribunos, eran la fuente del poder
soberano. Tal era la constitución de la ciudad de
Roma cuando ésta afrontó y derrotó a Pirro en batalla
campal. Los historiadores griegos de Roma,
posteriormente, halagaron a sus amos comparando
su constitución con la de Esparta, en detrimento,
claro está, de la tradición democrática ateniense y de
las aspiraciones del partido popular romano.
Simultáneamente con su evolución política, caracterizada
por un menor empleo de la violencia y
por un mayor recurso a la transacción, si se la compara
con lo que había sido habitual en las ciudades
griegas. Roma había ido ampliando su poder sobre
sus vecinos italianos. Primero consiguió dominar a
los más cercanos, o sea, los Estados miembros de la
confederación latina. Aprovechando la oportunidad
que le brindaba la represión de una revuelta dirigida
contra ella en el interior de la confederación, privó a
las ciudades latinas de los derechos que hasta entonces
habían disfrutado, de comerciar entre sí y de
poseer terrenos en propiedad las unas en los territorios
de las otras. En cambio, esos derechos se
mantuvieron entre Roma y cada una de dichas ciudades.
Ésta fue la primera aplicación dé su máxima:
“dividir para reinar”, con éxito inmejorable. Desde
ese momento los romanos adquirieron el monopolio
del comercio en el Lacio, y la ciudadanía romana
se convirtió en un valioso privilegio.
Roma tardó aproximadamente ciento cincuenta
años en llegar a dominar el Lacio en la forma que se
ha descrito. Pero le bastó la mitad de ese tiempo
para subyugar al resto de Italia. Hacia el año 270 a.
de C. Roma se había adueñado de la península. Los
diversos Estados italianos pasaron a ser administrados
del mismo modo que los miembros de la confederación
latina. Mediante su habilidad política
Roma había conseguido en la península itálica lo
que ninguna ciudad helénica había podido hacer en
Crecia, es decir, organizar a todo el territorio en una
unión política permanente. Esta proeza posibilitó su
victoria final en la lucha por el poder dentro del
mundo mediterráneo. Los principios que guiaron a
Roma en la tarea de establecer su poder en toda Italia
valen la pena de ser examinados; son los mismos
que habría de emplear luego, cuando se puso a extender
su imperio sobre él mundo.
Primero creó lo que ha sido llamado la “gran
Roma”, instalando colonias romanas en puntos estratégicos
de toda Italia, o bien otorgando a las viejas
ciudades latinas la plena ciudadanía romana, que
acarreaba, como ya se ha visto, importantes privilegios
en materia de comercio y propiedad. Ulteriormente,
procedió a establecer grupos de ciudadanos
romanos, bajo la forma de guarniciones, entre los
pueblos extranjeros y conquistados; estos súbditos
renunciaban a su ciudadanía romana, pero adquirían
importantes derechos como aliados favorecidos,
que demostraron ser agentes eficaces en la romanización
de Italia. Finalmente, los aliados italianos,
como los latinos antes de ellos, fueron uniéndose
todos con Roma mediante tratados separados,
mientras que . se disolvían todas las uniones y federaciones
que antes tenían entre sí. De esta manera,
los propios romanos se ocuparon de que todos los
caminos `condujeran a Roma.
La expansión del poder romano en la región del
Mediterráneo siguió rápidamente a la subyugación
de Italia. Roma había descubierto el secreto de poner
a su disposición toda la mano de obra de la península
italiana. Los labradores del Lacio habían
bastado para la conquista de la península italiana. A
continuación, todos los campesinos de Italia quedaron
disponibles para alistarse en la conquista del
mundo. Como dijo Gibbon, “la ciudad se enriqueció
con el provechoso comercio de la guerra, y la
sangre de sus hijos fue el único precio que pagó por
las ovejas de los Volscos, por los esclavos de Britania
y por las gemas y el oro de los reinos asiáticos”.
La primera de sus grandes luchas en esta nueva
etapa fue la que sostuvo con Cartago, antigua ciudad
fenicia del norte de África fundada por colonos
tirios a mediados del siglo IX a. de C. Cartago había
sometido a las tribus nativas de tierra adentro, había
explotado el suelo del territorio circundante con
gran eficacia, y era en aquel tiempo dueña indiscutida
del comercio en el Mediterráneo occidental. Durante
más de doscientos años Sicilia había sido
motivo de discordia entre griegos y fenicios. Roma,
al asumir el protectorado de las ciudades griegas de
Italia, se convirtió también en jefe natural de los
griegos de Sicilia.
Nada remiso, el nuevo campeón de éstos se lanzó
inmediatamente a la lucha con el enemigo fenicio.
Para ello, Roma tuvo que hacerse al mar por
vez primera. Se construyó una flota, y en poco más
de veinte años arrebató a Cartago el dominio de
Sicilia. Durante la paz subsiguiente, halló ocasión de
apoderarse de Córcega y Cerdeña, fundando así su
imperio ultramarino. Las causas de su éxito no son
difíciles, de averiguar: tenía un ejército de ciudadanos,
aliados leales, con afinidades éticas, y un senado
idóneo. Los cartagineses, en cambio, eran
extranjeros en África, regían a pueblos extraños,
tenían un ejército mercenario, y sus gobernantes
estaban divididos entre si por lo que respecta a la
guerra.
La lucha a muerte entre Roma y Cartago llegó a
ser de este modo inevitable. Roma pasó, los veinte
años siguientes sometiendo a las tribus célticas del
valle del Po, aumentado así sus reservas de soldados.
campesinos. Cartago, , para resarcirse de la
pérdida de Sicilia, se forjó un nuevo imperio en España.
Y fue de allí de dónde Aníbal, el máximo estratega
de la historia antigua y la encarnación misma
del odio cartaginés contra Roma, lanzó en los últimos
decenios del siglo III a. de C. su osado plan de
ataque a ésta mediante una invasión directa de Italia.
Una vez allí, fue derrotando a los romanos batalla
tras batalla. Pero la lealtad del grueso de los aliados
italianos a la causa de Roma le quitó el fundamento
único de sus esperanzas de victoria, a saber la presunción
de que habría de disolverse la unión política
de Italia. Expulsado de ésta, fue perseguido hasta el
África y derrotado allí en forma decisiva. Cincuenta
años después, en una guerra despiadada que no había
provocado, Cartago fue completamente destruida.
Entre tanto, al ser derrotado Aníbal, España
había caído en manos de Roma, que en 197 a. de C.
la organizó en dos provincias, hacia 133 a. de C.
había concluido su pacificación. Étnicamente, españoles
e italianos tenían la afinidad suficiente para
unirse entre sí de manera espontánea. Las primeras
comunidades romanas fuera de Italia se instalaron
en España. Los soldados romanos se casaron con
españolas y se instalaron en su nueva patria. La romanización
de España había comenzado. En épocas
posteriores muchas de las grandes figuras de la literatura
romana fueron oriundas de este país.
Roma se había embarcado plenamente en su carrera
de conquistas ultramarinas. Ya era dueña de
Sicilia, Cerdeña, Córcega y España. África, arruinada,
esperaba el día en que quisiera conquistarla. Y el
destino la había impulsado ya hacia Oriente. En
tiempos de la invasión de Italia por Aníbal, el ex
imperio de Alejandro Magno estaba dividido entre
tres monarcas: Filipo de Macedonia. Antíoco de
Siria y el Tolomeo reinante de Egipto. Filipo de
Macedonia se había aliado con Aníbal. Derrotado
éste, Roma se volvió hacia Filipo, quien pidió socorro
a Antíoco. Vencido por los ejércitos romanos,
éste fue perseguido a su vez hasta Asia Menor. A
mediados del siglo II a. de C. Macedonia se había
convertido en una provincia romana; Grecia la siguió,
y al otro lado del Egeo, todos los viejos reinos
del Asia Menor al oeste del Halys reconocieron la
hegemonía romana. Sólo en tiempos de Augusto
halló Roma conveniente hacerse cargo de la administración
de Egipto. Antes de ese momento había
procedido a colonizar todo el antiguo territorio de
Cartago, además de Britania, el Ponto, Siria y la Galia.
La conquista de Britania no comenzó hasta mediados
del siglo i112 de nuestra era. Cien años
después, la construcción de una línea de fortificaciones entre los estuarios del Clyde y del Forth marcó
el límite de 1a expansión del poderío romano.
A partir de la fecha en que los romanos llegaron
a Britania este vasto imperio se mantuvo íntegro
durante cuatrocientos años, y en ese período su organización
llegó a ser bastante eficaz, a la vez que
mantenía hasta cierto punto la paz dentro de sus
fronteras. Sólo afines del siglo v se derrumbó el imperio
romano de Occidente. El de Oriente, cuya
capital era Constantinopla, sólo fue destruido por
los turcos en 1453.
Dejemos de considerar por un momento esta
carrera de conquistas para examinar la situación interna
de Roma y de Italia.
La querella de las órdenes había abolido la distinción
entre patricios y plebeyos en Roma, pero no
había suprimido las diferencias entre ricos y pobres.
Una y otra vez, en las diversas etapas de la lucha,
pudo observarse que las concesiones hechas a su
término resolvían los aspectos políticos del conflicto,
pero sin solucionar en absoluto los aspectos
económicos. A raíz de ellas, los plebeyos ricos obtuvieron
los privilegios políticos y sociales que deseaban;
los de condición más modesta, en cambio,
traicionados por sus dirigentes enriquecidos, volvieron a caer en el marasmo de. la miseria. Entre tanto,
la situación económica de Italia no mejoraba. La
base económica de la vida italiana, desde tiempos
inmemoriales, había sido la granja familiar. En el
siglo m a. de C. comenzó a observarse en la península
que los pequeños granjeros iban siendo desalojados
de sus tierras, para dar lugar a grandes
empresas agrarias de índole comercial que utilizaban
la mano de obra esclava. Las perpetuas guerras favorecieron
este proceso, pues los campesinos italianos
se veían imposibilitados de regresar de las
campañas en países remotos para ocuparse de las
faenas agrícolas en sus tierras. Muchos de ellos morían
en esas expediciones; otros, se veían obligados
a contraer pesadas deudas. En uno u otro caso la
tierra se ponía en venta y quedaba disponible para
su incorporación a grandes fincas. Al propio tiempo,
del botín de .las conquistas formaban parte los
esclavos que se necesitaban para reemplazar a los
campesinos en los latifundios. El historiador francés
Michelet describe así este proceso: “En la época en
que todos los reyes de la tierra venían a rendir homenaje
al pueblo romano, representado por el senado,
el verdadero pueblo estaba organizando.
Consumido por el doble efecto de una guerra que
nunca terminaba y de un sistema jurídico que lo devoraba,
iba desapareciendo de Italia. El soldado
romano, que se pasaba la vida en campamentos de
ultramar, rara vez volvía a visitar su pequeña parcela.
T a mayor parte de ellos ya no tenían tierra ni
casa .propia; sus bienes domésticos eran las águilas
de su legión. Así fue estableciéndose una especie de
intercambio entre Italia y las provincias. Italia mandaba
a sus hijos a morir en tierras distantes, y recibía
a cambio de ellos millones de esclavos”.
Cuanto mayor era el producto del saqueo que
afluía de las provincias a las arcas de la clase reinante
en Roma, más rápidamente iban desapareciendo
los campesinos del agro italiano. Persistía,
empero, una tradición proveniente de aquellos
tiempos sencillos en que cada ciudadano era un labrador,
y en que podía verse a un cónsul abandonar
el arado para ponerse al frente de los ejércitos de la
nación; gracias a ella, se cultivaba un sentimiento de
reverencia hacia la agricultura, por oposición a la
industria y al comercio, que obsesionaba la mentalidad
de los romanos. No existía inversión más respetable
que la que se hacía en propiedades rurales.
Quien no tenía otro remedio, aceptaba como un
mal necesario que sus rentas provinieran de una fábrica con mano de obra esclava, de una red de comercios
al por menor o de acciones de una empresa
naviera. Tan fuerte era este prejuicio, que se prohibía
a los senadores romanos operar en el comercio,
salvo en carácter de socios capitalistas. Claro está
que si el negocio era suficientemente grande, la desgracia
era menor, pues una elevada renta podía facilitar
una rápida fuga de las degradantes relaciones
del puerto a la respetabilidad de la propiedad agraria.
9 Es imposible ahora determinar la proporción
de las tierras italianas devoradas por los latifundios
en distintas épocas de la historia, pero puede afirmarse
que a mediados del siglo i de C. debía en verdad
ser muy elevada. Ático. el amigo de Cicerón, ya
tenía la mayor de sus fincas al otro lado del Adriático,
en el Epiro. Cuando Horacio, pocos años después,
quiere citar ejemplos de hombres muy ricos
contemporáneos suyos, habla de uno cuyos graneros
estaban repletos de trigo proveniente de África,
de otro que poseía grandes fincas para la cría de ganado
vacuno en Sicilia y de un tercero que era dueño
de haciendas dedicadas a la explotación del
ganado lanar en las Galias. Esto indica cierta dificultad,
ya en esa época, para hallar tierras adecuadas
a los fines de hacer inversiones en Italia. La vida en
uno de esos grandes establecimientos agrícolas fue
descrita irónicamente por Petronio en el siglo I de
nuestra era. El multimillonario Trimalción se halla
en medio de un colosal banquete cuando debe hacer
un paréntesis para escuchar la lectura del boletín de
noticias de una de sus fincas: “El 27 de julio, en la
hacienda de Trimalción en Cusmas, nacieron cuarenta
niñas y treinta niños esclavos. Se transportaron
quinientos mil quintales de trigo de la era al
granero. Se uncieron al yugo quinientos nuevos
bueyes y se crucificó al esclavo Mitrídades por deslealtad
a su amo”. Los emperadores romanos se
sentían a veces molestos por el poder de estos
grandes terratenientes. Se dice que Nerón hizo ejecutar
a seis de ellos en el África romana: sus propiedades,
reunidas, ocupaban la mitad de una
provincia.
La crisis de la cuestión agraria tuvo lugar en Italia
afines del siglo n a. de C., época de las reformas
intentadas por los Gracos. Tiberio Graco, que había
observado con dolor la progresiva desaparición del
campesino libre y su reemplazo por el esclavo extranjero,
concibió el heroico plan de rescatar parte
de las tierras públicas para los pequeños labradores,
restringiendo la extensión de esas propiedades que
podían estar en manos de un solo hombre. Pronto
pudo comprobar que intentar esta reforma era iniciar
una revolución. Todo el poder del Estado pertenecía
a los terratenientes; el propio senado era un
comité de éstos. Tiberio Graco, aterrado, pero sin
deponer su enérgica actitud, fue inducido por el senado
a asumir una conducta vulnerable, y a renglón
seguido’ los senadores consumaron su asesinato en
nombre de la constitución. “Perezcan así cuantos
vuelvan a proceder del mismo modo—: tal fue el
veredicto que sobre él pronunció su pariente Escipión
el Africano, destructor de Cartago. Este voto
fue fervientemente coreado por todos los “hombres
buenos”, o sean los ricos, pues esos términos eran
sinónimos en la fraseología política de la época.
Nueve años después su hermano Cayo, cuya
educación política había sido conformada por la
meditación sobre la muerte de Tiberio, y que era
hombre de energía y capacidad aún mayores, inició
un movimiento tendiente a quebrantar el poder de
la oligarquía, convirtiendo a la asamblea popular, y
no al senado, en el verdadero órgano gobernante de
Roma. Por desgracia, era completamente imposible
alcanzar ese objetivo sin otro medio que el apoyo
popular. Cayo se vio obligado a solicitar la adhesión
de la clase media romana en ascenso, a saber, la orden
de los equites o caballeros, cuya base económica
residía en las actividades bancarias, usurarias y
tributarias ejercidas en las provincias. Exaltar a esta
clase por encima de los senadores equivalía, en el
mejor de los casos, a salvar al labrador italiano
arrojando las provincias a los lobos. En verdad, no
había ninguna solución fácil para los terribles males
de la época. El senado recurrió nuevamente a su
táctica anterior. Cayo, lo mismo que Tiberio, pereció
en cuanto se presentó una oportunidad adecuada
para aplastar su movimiento con la fuerza. Poco
tiempo después quedaron legalizados todos los aspectos
ilegales de la posesión de la tierra por parte
de los latifundistas. Italia y el imperio quedaron asegurados
para ellos y sus cuadrillas de infelices esclavos.
Los días del campesino libre habían pasado
para siempre.
Pero no fallaban otras discordias en la ya atribulada
tierra italiana que amenazaran echar por tierra
el poder romano. Ya se ha visto que el pleno
privilegio de la ciudadanía romana había sido reservado
a los habitantes de Roma v la “gran Roma”. La
esencia de ese privilegio no residía en el derecho de
votar, que sólo podía ejercerse mediante un fatigoso
viaje a Roma, sino en la protección que el derecho
romano otorgaba a las transacciones comerciales de
quienes poseían la ciudadanía. Los aliados italianos
constituían el grueso de los ejércitos con los que se
conquistó el imperio; la minoría formada por los
ciudadanos romanos, a su vez gozaba del monopolio
de explotarlo. Habiendo visto rechazadas una y
otra vez sus demandas de ampliación de la
.ciudadanía, dichos aliados, cuya lealtad no había
flaqueado en los trágicas días de la invasión cartaginesa,
se levantaron en armas contra Roma. Su coalición
asumió las más formidables proporciones. Se
dice que en un momento dado había más de cien
mil hombres librando batalla contra los ejércitos
romanos. Al cabo de dos años de luchas desesperadas,
en las cuales hubo tantas víctimas como en las
guerras púnicas, Roma terminó victoriosa, pero sólo
al precio de otorgar concesiones que a costa de
tantos sufrimientos había negado hasta entonces.
Y con todo, fermentaba en el imperio un- tercer
mal todavía más grave que la pobreza de la masa de
los ciudadanos o el descontento de los aliados italianos,
a saber, la vasta concentración de esclavos
acarreada por la evolución del nuevo régimen económico. Aquellos desdichados eran aprehendidos
en todas las zonas ribereñas del Mediterráneo. Ocasionalmente,
el triunfo romano en una campaña
bélica inundaba el mercado con grandes cantidades
de esos prisioneros. Pero se requería un suministro
regular, y a esta necesidad respondían las actividades
de los piratas. La captura de hombres “a quienes la
naturaleza había creado para que fueran esclavos,
pero que se negaban a someterse”, constituía una
gran industria. Despojados de sus ropas, exhibidos
en filas, examinados y vendidos en la plaza del mercado
como la hacienda vacuna se los embarcaba por
millares para satisfacer los pedidos de las fincas rurales
de Italia, de Sicilia y de otras regiones. En Delos,
isla del Egeo donde se encontraba el mercado
principal, las ventas de un solo día podían ascender
a diez mil esclavos. En Sicilia la crisis del sistema se
había producido inmediatamente antes de las fracasadas
reformas de los Gracos. Los esclavos se rebelaron
con tanto éxito que por un tiempo
dominaron la isla y sólo fueron subyugados después
de varios años de dura lucha con los ejércitos regulares
enviados por los cónsules desde Roma.
El mayor peligro para Roma misma se presentó
en el año 73 a. de C., cuando varios gladiadores es
caparon de la escuela de su profesión en Capua, eligieron
como jefe a un esclavo tracio llamado Espartaco
y muy pronto llegaron alistar unos setenta
mil hombres bajo el pendón de la revuelta. En cuatro
batallas campales con estos rebeldes los ejércitos
romanos sufrieron tres derrotas. Pero los recursos
superiores del Estado tenían que triunfar a la larga.
Espartaco cayó con las armas en la mano, y sus partidarios
fueron crucificados a lo largo de las carreteras
romanas. Tal era el castigo reservado para los
esclavos. Fue en ese imperio esclavista donde el
fundador del cristianismo dijo: “Y yo, si fuere levantado
de la tierra, a todos atraeré a mí mismo”:
con lo cual aludía al suplicio que le esperaba.
Si tal era la situación predominante en Italia, la
de las provincias no era mejor. El senado, corrompido
por el súbito aflijo de riquezas que habían comenzado
a llegar desde el Oriente conquistado a
principios del siglo II a. de C., y que continuaba todavía
a mediados del siglo I a. de C., había abandonado
hasta las pretensiones de ejercer el poder. Bien
puede decirse que el robo descarado, amparado por
los poderes oficiales, era el tratamiento reservado a
las provincias en aquella época. En tiempos de Cicerón
había llegado a ser cosa normal que un gobernador romano favoreciera a alguno de sus amigo
con un cargo oficial y con una fuerza militar para
que pudiera ir a arrancar a alguna desdichada provincia
los exorbitantes intereses de préstamos privados
ilegales. “La República había llegado a una
situación tal”, escribe un crítico moderno, “que
cuando un gobernador romano se conducía honradamente,
se veía obligado a presentar excusas a los
aristócratas reinantes, y a revestir su conducta, hasta
donde le era posible, con las apariencias de una injusticia
que, según le constaba, ellos habrían de
aprobar, y hasta exigir”.10″En semejante sociedad,
ninguna reforma podía introducirse, salvo por la
fuerza. El millonario Craso dijo muy sagazmente
que “ninguna fortuna era lo suficientemente grande
para quien aspirase a gobernar la República si no le
bastaba para mantener a un ejército”. La suerte de
los Grecos había demostrado que ningún reformador
podía triunfar sobre el senado si no tenía a su
disposición fuerzas superiores. Por suerte para Roma,
después que la brutalidad, la ignorancia y la superstición
hubieron ejercido en ella el poder
supremo, sin saber qué hacer con él, en la persona
de un Mario o de un Sila, llegó a aparecer un dictador
cuya ilustración corría pareja con su energía.
Julio César conquistó el dominio del mundo a través
de un baño de sangre, pero una vez que llegó al
poder, supo y pudo ejercerlo. La obra de reconstrucción,
interrumpida por su asesinato en el año 44
a. de C.. fue reanudada por su sobrino y heredero
Augusto, quien venció a sus rivales y estableció la
forma de monarquía conocida bajo el nombre de
Principado en el año 27 a. de C. En los cuarenta
años de vida que le quedaban consolidó los principios
del nuevo régimen.
Desde entonces, hasta la caída del imperio, el
saqueo de las provincias fue contenido; se creó una
administración pública regular, responsable ante el
emperador; el poder civil ejerció una relativa autoridad
sobre el ejército; el privilegio de la ciudadanía
romana se fue extendiendo hasta el punto de que a
principios del siglo III de C. abarcaba a todos los
habitantes del imperio; un mismo estilo de educación
y una misma cultura se difundieron por todas
las provincias; el mismo sistema jurídico rigió en
todas partes y las oportunidades de ascenso a los
puestos más elevados quedaron abiertas para todos,
sin distinción de razas. Fue un período de descanso
para la humanidad, y de expansión, si no de progreso,
de su herencia cultural.
Pero el, imperio fue pereciendo gradualmente a
raíz de su descomposición interna. Los gastos que
exigía el funcionamiento de tan vasta maquinaria
eran mucho mayores que los rendimientos de su
administración. Los romanos podían administrar su
imperio, pero no eran capaces de desarrollar su
economía. El gran legado que dejaron al mundo fue
jurídico, no científico. El cúmulo de impuestos
agotó las riquezas que se habían acumulado durante
siglos. La edificación cesó, no se construyeron más
caminos, y el imperio comenzó a deteriorarse. Las
exigencias de la tributación motivaron la creación de
un sistema de castas. El deber de todo contribuyente,
en todas las categorías sociales, era dejar tras
de sí una réplica de sí mismo. La sociedad perdió su
dinamismo, la iniciativa de sus habitantes se fue extinguiendo
y la era feudal comenzó a aproximares.
Los agricultores, adscritos a la gleba, ya no eran
comprados, exprimidos y desechados como en el
período de formación de los latifundios, y pasaron a
adquirir la condición de siervos. El conocimiento,
perdida toda concepción del progreso, degeneró en
pedantería. El espíritu de la Jonia fue finalmente
exorcizado, y los mitos gubernamentales de Platón
triunfaron sobre la ciencia alejandrina. La Edad de
las Tinieblas se aproximaba.