LA LITERATURA ROMANA

LA LITERATURA ROMANA
El período durante el cual Roma llevó a cabo su
gran tarea de organizar la unidad italiana, no poseía
cultura literaria alguna. Se supone que su pueblo
cultivaba las diversiones folklóricas con ingenio espontáneo,
que las grandes familias pronunciaban
elogios fúnebres y cantaban versos en honor de sus
difuntos, que los sacerdotes llevaban anales en los
cuales yacían los gérmenes de la historia y que el
augusto senado celebraba sus debates, registraba sus
decisiones y daba a conocer sus decretos en algún
estilo de prosa eficaz, aunque careciera de elegancia.
Pero nadie aspiraba a ser escritor, y ninguna perso
na unió su nombre a la creación de una obra de arte.
Pero al terminar la primera guerra púnica Roma
tenía bajo su protección a las ciudades griegas de la
Italia meridional y extendía ya su mano sobre Sicilia,
en la cual, durante dos siglos y medio, se había hecho
una rica contribución, en prosa y verso, a la
multiforme literatura griega. Y cuando apartó su
mirada del Lacio, el pequeño territorio donde se
utilizaba la lengua latina, para dirigirla hacia los
centenares de ciudades que se ufanaban de compartir
la cultura helénica, en las que los niños aprendían
en la escuela los versos homéricos, competían en
cantar a coro las obras maestras de la lírica griega,
presenciaban la representación de las tragedias áticas
o de las nuevas comedias de la era alejandrina,
estudiaban retórica para valerse de ella en la vida
pública, leían la historia de su país y de los extranjeros
en párrafos bien concertados de refinada prosa y
eran cortejados por las voces de sirena de las escuelas
filosóficas rivales, Roma llegó a comprender
que ella también debía hacer su aprendizaje.
Sus primeros educadores literarios fueron dos
griegos, o semigriegos. Uno de ellos, Livio Andrónico,
tradujo la Odisea al latín para proporcionar un
libro de texto a los niños romanos. El otro, Enio,
escribió los Anales, historia poética de Roma, obra
de gran vigor e imaginación. Livio había utilizado
para su traducción un metro nativo italiano aliterativo,
que no prometía mucho como forma literaria
futura. Pero Enio adaptó al latín el metro épico de
Hornero. A juzgar por los fragmentos que de su
obra han quedado, es evidente que faltaba mucho
por hacer antes de que el vocabulario y los ritmos
latinos se amoldaran plenamente a las exigencias del
verso épico. A pesar de ello, se trataba de una obra
maestra. Enio había comprendido el significado del
éxito de Roma al organizar Italia y derrotar a los
cartagineses. Dio a Roma conciencia de su desuno,
y por más de ciento cincuenta años su poema siguió
siendo la mayor expresión del espíritu romano. Con
el advenimiento del Principado, fue reemplazado
por la Eneida.
Entre tanto, en diferentes tonos y para entretenimiento
de un público distinto, iban siendo adaptadas
a la lengua latina otras creaciones, más ligeras,
del ingenio griego. La épica de Enio, y las tragedias
que este mismo poeta tradujo del griego, estaban
destinadas a los oídos de los círculos oficiales y gobernantes.
Pero las comedias de Plauto, de las cua
les han sobrevivido una veintena ( primeras obras
en latín que han llegado hasta nosotros en su integridad),
fueron representadas ante las muchedumbres
cosmopolitas que colmaban los lugares
públicos en los días festivos de la antigua Roma.
Estas obras, si bien son adaptaciones del griega están
llenas de originalidad y genio cómico. Shakespeare
no tuvo a menos modificar una de ellas para
presentarla en los escenarios isabelinos. Moliére, por
su parte, adaptó dos para el público más crítico de la
corte de Luis XIV.
Durante todo el siglo II a. de C. continuaron en
incremento los esfuerzos de los romanos por dotarse
de una cultura literaria. Escipión Africano el Menor,
el estadista y general que a mediados de aquel
siglo consumó la destrucción de Cartago, patrocinó
el estudio del griego y el desarrollo de la literatura
latina. De las producciones literarias debidas al círculo
que él presidía han sobrevivido seis comedias,
adaptadas, como las de Plauto, de originales griegos,
pero de estilo más pulido y mesurado. Su autor fue
un tal Terencio que, por su nacimiento, era un esclavo
africano. Se sabe que julio César las tenía por
admirables modelos de latinidad, pero carentes de
vis cómica.
También hacia esa época comenzó la prosa latina
a adquirir cierta categoría artística. Al principio,
quienes querían escribir la historia de Roma lo hacían
en griego, pues les parecía demasiado difícil
expresarse en su propio y rústico idioma, tal como
un día Tomás Moro y Milton hallarían más fácil escribir
en latín que en inglés. Pero, antes de promediar
el siglo II a. de C., un adversario de la influencia
griega, Catón, ridiculizó sus esfuerzos y se puso a
dar el ejemplo escribiendo la historia de Roma en
latín. En la generación siguiente, el más joven de los
Gracos adquirió la reputación de haber sido el primer
romano capaz de utilizar lo que se llamaba el
estilo periódico en la oratoria.
Al cabo de dos siglos de esfuerzos, el aprendizaje
literario de Roma había terminado, y a mediados
del siglo I a. de C. se inició la edad de oro de la
literatura latina. Por la universalidad de su interés y
por la abundancia de su producción es Cicerón el
primero de los escritores de esta época. Tenía fama
en su juventud de ser el mejor poeta latino contemporáneo,
y en verdad, los fragmentos que subsisten
de sus poemas no pueden ser ignorados por los estudiantes.
Pero su carrera fue de abogado y estadista.
Tanto en la oratoria forense como en la
parlamentaria desplegó una virtuosidad asombrosa.
Poseía seguridad, temperamento e ingenio, y podía
demostrar, a voluntad, la pasión y convicción, o
bien simularas. El veredicto de la posteridad ha confirmado
la opinión de los críticos romanos, según
los cuales podía comparársele con el máximo orador
de Grecia, Demóstenes.
No contento con esto, Cicerón aspiraba también
a arrebatar a Grecia la palma de la filosofía.
Quería llegar a ser el Platón, el Aristóteles, el Zenón
de Roma. Con ayuda de su fiel secretario y amigo
griego, Tirón, hizo traducciones de muchos escritos
filosóficos griegos, a veces de los grandes maestros,
y otras de sus epígonos. Cada vez que se le presentó
la ocasión, elaboró, sobre la base de esas traducciones,
exposiciones populares de diferentes temas filosóficos,
escritas con muy buen sentido y con un
estilo encantador, pero sin mayor profundidad y sin
convicción sincera. El estilo de estos textos es en
verdad admirable, hasta el punto de haber creado el
modelo para la prosa de la Europa occidental. Si su
producción fue copiosa, ello respondió a las necesidades
de su época, pues no existía entonces nada
semejante en latín. Cicerón seleccionó lo que más
fácilmente podía asimilarse de la filosofía de los
griegos, maestros de la razón discursiva, y lo adaptó
a la mentalidad romana.
Pero esto no fue todo. El ánimo inquieto de Cicerón
no le permitía vivir sin la simpatía de sus amigos,
o, por lo menos, de sus corresponsales. Era un
maestro del género epistolar. Y Tirón tuvo la feliz
inspiración de recopilar y editar la correspondencia
de su amo ( dicho sea de paso, si se dice que no hay
grande hombre para su ayuda de cámara, debe reconocerse,
para mayor gloria de Cicerón, que siguió
siendo un héroe para su secretario). Así han llegado
hasta nosotros casi mil cartas, de las cuales sólo una
pequeña proporción son respuestas de sus amigos.
Ellas presentan de la época una imagen más vívida
que cuantas tenernos de cualquier otro período de
la antigüedad. La amable intimidad que Cicerón
cultivaba se ha extendido a la posteridad, y gracias a
ella nos sentimos contemporáneos suyos.
Si la universalidad de Cicerón es tal que merecidamente
da su nombre a la época, hubo otros hombres
que lo superaron mucho en diversas cualidades
del espíritu humano. El estudiante que aprende su
latín en la Guerra de las Galias o en las Guerras civiles
de Julio César, no suele advertir el interés del
hecho de que éstas representan las memorias personales de los hechos de uno de los más grandes
hombres que jamás hayan existido. Y en los libros
históricos de Salustio tenemos la fortuna de poseer
retratos contemporáneos de César, y de otros personajes,
que son una obra maestra de penetración.
Tanto César como Salustio son ejemplos que ilustran
una de las características de esta edad: la progresiva
fertilización de la mente romana por el
intelecto griego. A menudo se ha observado que el
carácter de César debe tanto a la influencia helénica
como a su herencia romana. Ticídides, el más profundo
de los historiadores griegos, suministró a Salustio
un elemento de importancia para la
comprensión de los acontecimientos.
El esfuerzo por asimilar la lección de Grecia
¡puede advertirse en los poetas de esta época aún
más claramente que en las historias de Salustio o en
la vida y obras de César. Catulo, el amante y amigo
apasionado, halló en la poesía de Safo y sus contemporáneos
un soplo de inspiración que se unió al
vigor de su propio espíritu y lo condujo a escribir
acerca de sus emociones personales con una fuerza
directa y con un dejo acerbo que no tienen parangón
en poetas posteriores. Lucrecio, al revés de Cicerón,
que escribía acerca de todas las filosofía , no
creía en ninguna, se entregó con todas sus ricas dotes
de intelecto y sensibilidad a predicar la filosofía
de Epicuro. Habiendo elegido el verso para su exposición,
y siguiendo el modelo del poeta filósofo
del siglo v a. de C., Empédocles de Agrigento, trabajaba
a menudo, según él mismo cuenta, hasta altas
horas de la noche, con la luna y las austeras estrellas
en el firmamento por única compañía, para encontrar
las palabras latinas con las cuales poder expresar
las difíciles teorías atómicas de Demócrito y la aplicación
ética que les había dado Epicuro. Murió antes
de haber concluido su tarea, pero los seis libros
de su poema que han llegado hasta nosotros no tienen
rival en la poesía filosófica del mundo entero.
La urgencia profética de la obra de Lucrecio, sin
parangón fuera de la literatura . del Viejo Testamento,
ha atraído hasta a lectores de las concepciones
filosóficas más opuestas. Ocurre que Lucrecio
no era un pensador académico, sino un hombre que
trasmitía un mensaje ardiente a la sociedad de su
época. Su corta vida transcurrió en medio de un
período revolucionario, durante el cual la sociedad
romana se encontraba en disolución. Estaba convencido
que una sociedad auténtica debía organizarse
sobre la base de la ciencia, y no de la
superstición; lo que había de más sagrado en el
mundo era para él la tradición jónica tal como culminara
en el pensamiento de Epicuro, y lo que tenía
por más detestable era la religión de terror que poblaba
los cielos con dioses coléricos cuya ocupación
era castigar a los hombres en esta vida y en el más
allá. Le atormentaba ver a la humanidad abrumada
por el peso de estas falsas creencias; su consuelo era
saber que las enseñanzas de Epicuro habían llegado
a convertir ciudades enteras, y su propósito era hacerlas
triunfar también en Roma. Era en verdad una
tarea heroica, en una ciudad en la cual los miembros
de la clase gobernante no titubeaban en burlarse
entre sí de la religión, pero inculcándosela simultáneamente
al pueblo como medida política necesaria.
Lucrecio tenía razón al considerar su misión con
carácter de crítica urgencia.
A1 extinguirse la república y establecerse el
principado, la literatura cambió de modo consiguiente.
Sea como fuere, se trataba de una revolución,
y la sociedad comenzaba a modelarse en la
forma que habría de conservar durante unos quinientos
años. Augusto convocó a los escritores para
que acudieran a sostener el nuevo régimen. Pero
cuando se trataba de autores cuyo talento mal se
prestaba a estos fines políticos, lo mejor era que sus
escritos se alejaran todo lo posible del tema en
cuestión. La era de Augusto fue la época de la perfección
formal en prosa y verso. Tito Livio, el gran
historiador de la República, halló en el pasado refugio
de los trastornos y degeneraciones de sus días, y
no extrajo de sus estudios lecciones políticas, sino
éticas: no era su intención averiguar la verdad, sino
edificar a sus lectores. Virgilio, que en su juventud
había expresado el encanto del credo epicúreo, se
convirtió en el apóstol de la reconstrucción octaviana,
con su resurgimiento de las antiguas prácticas
religiosas de Roma. La sociedad debía consolidarse
con la vieja argamasa, y Virgilio, como albañil del
régimen, puso su cuchara de oro al eficaz servicio
de la obra común. Desde luego, su temperamento y
convicciones lo capacitaban plenamente para su
función predestinada de dar expresión espiritual a
los ideales del principado. Pero el cambio que media
entre De Retum Natura de Lucrecio y la Eneida de
Virgilio no es meramente de índole intelectual. Era
políticamente imposible predicar el credo de Epicuro
desde las gradas del trono imperial.
Ello no impide que la literatura de la era octaviana
revista el más elevado interés. No puede desconocerse que la prosa de Tico Livio, límpida en su
pureza y majestuosa en su ímpetu, expresa, con su
fluir tan sereno como incontenible, el panorama
histórico de los siete siglos durante los cuales la ciudad
de Roma había llegado a abarcar el mundo. En
efecto, su posición era tal que escribir su historia era
escribir, en cierto sentido, el poema épico de la especie
humanó. Tampoco puede ignorarse que la
sensibilidad de Virgilio hizo de las peligrosas aguas
del Mediterráneo y del apacible paisaje italiano otros
tantos escenarios poéticos penetrados de la más:
tierna simpatía por la humanidad en su peregrinación
hacia la tierra prometida. Es igualmente necesario
reconocer que, bebiendo en alguna recóndita
fuente de humana comprensión, pudo crear en la
fenicia Dido una imagen de la femineidad civilizada
destruida por un mundo que no estaba aún maduro
para ese tipo de mujer. Y no debe olvidarse, asimismo,
que Horacio, el hijo de un liberto, arrancado
de la oscuridad rural para ir a vivir en el resplandor
de la corte, tuvo bien presente que el cortesano no
debe anular al hombre, y por encima de otros rasgos
menos dignos de su carácter supo y enseñó que ser
un buen poeta puede ser la tarea agotadora de toda
una vida. El respeto que mantuvo por sí mismo
como hombre y por su talento como artista constituye
una de las más espléndidas lecciones que puede
ofrecernos la antigüedad. .
Y contemporáneamente, Propercio y Tibulo
cantaban con pasión arrebatada o con ternura romántica
las alegrías y las penas del amor, mientras la
vivaz inteligencia, el temperamento ardiente y el
ingenio mordaz de Ovidio lo llevaban a agotar
cuanto tema del pasado legendario o de las costumbres
modernas le era dado abordar sin contrariar los
planes de reorganización social adoptados por el
Emperador, hasta el momento en que, combinando
una audacia profanaron un sincero desprecio por la
moralidad sexual romana, escribió su poema mejor
y más atrevido, el Arte de amar. Augusto, enfurecido,
lo desterró a las riberas del Mar Negro, donde el
poeta siguió volcando su nostalgia de Roma en versos
que hoy nos hacen comprender los placeres que
un poeta tan ingenioso como amante de la buena
compañía hallaba abundantemente en aquella gran
ciudad.
Tal es el cuadro que ofrece la literatura de la era
octaviana, tan rica en cuanto podría servir para enriquecer
el intelecto y regocijar el espíritu si pudiéramos
olvidar el dolor de las masas en la sociedad
que le dio el ser. No tenemos aquí espacio para
examinar las glorias posteriores de la literatura latina,
una vez que pasó su período culminante. Pero
los escritores de la edad de plata, a saber, Lucano,
Marcial, Juvenal, Tácito, Quintiliano, Séneca y los
dos Plinios, rivalizaron con los mejores de la época
ciceroniana y de la de Augusto.