LA ERA ALEJANDRINA
Ya en vida de Aristóteles se precipitaron los
acontecimientos exteriores que barrerían con las
ciudades-Estados independientes, inspiradoras de su
pensamiento político y del de su maestro, Platón.
Con la conquista de Grecia por Filipo de Macedonia
en 338 a. de C., las ciudades-Estados quedaron
incorporadas al imperio macedónico, y la ciudadanía
pasó a adquirir un nuevo significado. Cuando al cabo
de pocos años el hijo de Filipo, Alejandro Magno,
en una extraordinaria sucesión de conquistas,
agrupó en una misma unión política los territorios
donde habían florecido las antiguas civilizaciones
del Cercano Oriente, fue su norma deliberada eliminar las barreras que separaban entre sí a Oriente y
Occidente. Nació así, una nueva cultura, entre cuyos
rasgos se cuenta la gradual infiltración de la` civilización
griega por las influencias orientales.
Uno de los centros principales de esta nueva
cultura fue la ciudad que el conquistador fundó en
el Delta del Nilo, Alejandría, cuyo nombre designa a
la civilización de esa época. Es cierto que Atenas
conservó su preeminencia en materia de filosofía,
pero Alejandría se puso ala cabeza en las ciencias y
en la erudición.
En la nueva Atenas los elementos políticos del
platonismo ( que, como ya hemos visto, penetraban
el sistema en su totalidad), habían llegado a convertirse
en un anacronismo. El pensamiento de la época
tenía que verterse en nuevos moldes. De los
diferentes sistemas que surgieron para responder a
esta necesidad, los más importantes fueron el estoicismo
y el epicureísmo. En ninguno de los dos el
ciudadano de un Estado diminuto. devora al hombre
tan completamente como en la concepción
platónica.
Zenón, el fundador de la escuela estoica, era un
mercader fenicio oriundo de Chipre que se había
instalado en Atenas, centro del pensamiento griego.
Su sistema era una mezcla de elementos griegos y
orientales. Utilizaba la lengua griega, y toda su estructura
intelectual había sido conformada por sus
maestros helenos, pero en cambio el núcleo central
de su filosofía estaba constituido por la antigua
doctrina caldea de la simpatía que une entre sí al
cielo y la tierra. Alentaba el mayor desprecio por el
ideal de la ciudad-Estado independiente, con su distinción
entre griegos y bárbaros, y lo sustituyó por
la concepción de la ciudad ecuménica, de la Cual
todos los hombres eran ciudadanos. Proclamó así el
evangelio de la fraternidad humana, apto para una
nueva era en que las ciudades-Estados iban siendo
absorbidas por imperios recién constituidos, y su
predicación tuvo franco éxito. Los dioses de su ciudad
ecuménica eran los seres celestiales, a saber, el
Sol, la Luna, los planetas y las estrellas, deidades
comunes a toda la humanidad. Y las leyes de la nueva
ciudad eran las leyes del universo mismo. Vivir
de conformidad con la naturaleza era la regla ética
de los estoicos.
Pero subsistía el problema de cómo determinar
esas leyes. Platón había procurado deducir las leyes
de su República de los principios de la razón pura,
que en definitiva resultaron oscuros para todos, inclusive para él. Zenón, que era materialista y que
concebía el universo en su integridad como un solo
ser vivo animado por un único espíritu, trató de deducir
esas leyes de un cierto conocimiento de la
naturaleza. Pero este concepto es equívoco. Por una
parte, incluía un retorno a un tipo más antiguo de
especulación física, es decir, la de los pensadores
jónicos, que Platón había rechazado, a la vez que
encarnaba un profundo respeto por Heráclito de
Éfeso, un filósofo jonio del siglo v a. de C. Por otra
parte, en cambio, introducía elementos nuevos y
más dudosos, de procedencia oriental. Ya se ha dicho
que el núcleo del estoicismo era la creencia caldea
en la simpatía entre el cielo y la tierra. Según
esta concepción, cada fenómeno celestial producía
inevitablemente su efecto en la tierra, y como los
astrólogos caldeos habían alcanzado, mediante largas
observaciones, un conocimiento muy considerable
y exacto de los ciclos del sol, la luna y los
planetas, de modo tal que podían predecirlos con
bastante exactitud, era natural suponer que podían
también predecir los fenómenos terrestres que, según
esta teoría, dependían de ellos. Las leyes de la
ciudad ecuménica podían leerse en el firmamento, y
todo individuo, en la medida en que le concernían,
podía averiguarlas con sólo recurrir a un astrólogo
que le trazara su horóscopo mediante una módica
retribución. De este modo el estoicismo originó,
por una parte, esa sublime resignación a lo inevitable
que todavía hoy designamos con el nombre de
estoicismo, y por otra fomentó una creencia febril
en las pretensiones de los astrólogos.
El epicureísmo, a su vez, si bien se inspiraba
igualmente en las tradiciones intelectuales de los
jonios, estuvo, por fortuna, libre de las patrañas astrológicas
del estoicismo. El ideal de Epicuro, pensador
de origen ateniense que comenzó a exponer
su sistema en la capital del Atica hacia el año 307 a.
de C., posiblemente unos pocos años antes de que
Zenón empezara a difundir el suyo. era la obtención
de la paz espiritual mediante la derrota de la superstición.
Las falsas creencias que destruían la paz espiritual
eran principalmente dos, a saber, la referente a
la divinidad de los cuerpos celestes, y la relativa a la
inmortalidad del alma. En sus propias palabras, tales
enemigos quedaban definidos del siguiente modo:
“la creencia de que los cuerpos celestes son divinos
e indestructibles, sin dejar de encerrar al mismo
tiempo deseos, acciones y motivos incompatibles
con esa condición; y el temor a sufrir males después
de la muerte, inculcado mediante la enseñanza de
los mitos”. El carácter antiplatónico de estas enseñanzas
es bien evidente, y Epicuro, como es natural,
se apoyó en los pensadores a quienes Platón había
rechazado, a saber, los de la antigua escuela jónica.
El sistema atómico de Leucipo y Demócrito se
convirtió en la base de su filosofía orientada hacia la
ética. Éste fue el sistema que, en términos generales,
más se aproximó a la moderna concepción científica
del mundo.
Mientras Zenón y Epicuro elaboraban en Atenas
los sistemas de pensamiento rivales que estaban
destinados a compartir la adhesión de la mayor
parte de las personas cultivadas durante dos o tres
siglos, en la nueva ciudad de Alejandría se habían
creado las condiciones necesarias para una nueva
etapa de progreso del saber. La dinastía macedónica
de los Tolomeos, que después de la muerte de Alejandro
Magno ocupó el trono de los faraones egipcios,
se distinguió por su ilustrado apoyo a las
ciencias y las artes. Estos monarcas atrajeron a su
corte a estudiosos provenientes de todas las regiones
del mundo griego, y se aseguraron sus servicios
pagándoles elevadas remuneraciones y dotando generosamente
las actividades de investigación. Crearon para ello una institución, el Museo de Alejandría,
provisto de salas de estudio y de conferencias,
de una vasta biblioteca, la mayor que conoció el
mundo antiguo, y de un observatorio, jardines botánicos
y jardín zoológico. En tales condiciones, los
progresos del saber fueron rápidos y constantes.
La cultura alejandrina no fue una cultura nacional
como la de Atenas en el siglo v a. de C. El griego
sólo era el idioma de la corte, que a su vez
encarnaba un gobierno extranjero, macedónico, impuesto
a una población egipcia con abundante elemento
judío. Por tanto, las circunstancias no eran
propicias para el desarrollo de formas literarias populares
como el teatro, ni para una oratoria adecuada
a la vida pública de ciudadanos libres, como
ocurría en las antiguas ciudades-Estados. Hasta es
posible que la libertad del examen filosófico y del
relato histórico haya sido sofocada por el patronazgo
de la corte. Pero se habían creado las condiciones
para un gran progreso del conocimiento
positivo y de los estudios especializados, y ellas fueron
plenamente aprovechadas.
Allí, en el breve lapso de. ciento cincuenta años,
adquirió forma definitiva gran parte de la tradición
cultural europea. Allí se elaboró toda la técnica de
copiar y editar textos exactos de escritores clásicos,
tanto literarios como científicos. De la enseñanza
basada en esos textos, escritos en un idioma que iba
resultando ya anticuado, hasta el punto de exigir
aclaraciones y comentarios, fue surgiendo la ciencia
de la gramática, plasmada en torno a principios que
son válidos hasta en nuestros días. Allí la geometría,
como materia de enseñanza, fue estructurada por
Euclides en una forma que siguió siendo utilizada
hasta el siglo XX. El que esto escribe, cuando niño,
aprendió con deleite de este texto alejandrino. En
medicina, no sólo se estudiaron y conservaron los
escritos anteriores de la escuela hipocrática y de
otras, sino que se lograron adelantos notables mediante
la investigación experimental en anatomía y
fisiología. Todas las ramas de la matemática se desarrollaron
al unísono, con asombrosa rapidez. Y fueron
tan grandes los progresos de la cartografía
celeste que llegaron a elaborarse técnicas astronómicas
para la determinación de la latitud, al trazar
mapas terrestres. También resultó posible estimar
con cierta aproximación el tamaño de la tierra, y las
magnitudes y distancias del sol y de la luna. Las invenciones
mecánicas se multiplicaron. Arquímedes,
entre otras proezas científicas, constituyó 1a ciencia
de la hidrostática. La idea de la ciencia como comprensión
de la naturaleza retornó con renovados
ímpetus. El hombre llegó a concebir el universo en
el cual vivía como un vasto mecanismo, cuyas leyes
podía aprender a interpretar.
Pero en cambio, el progreso siguió siendo lento
en materia de ciencias aplicadas. La humanidad había
llegado al umbral. de la era de las máquinas, pero
miraba con harta indiferencia la posibilidad de
trasponerlo. El modo de producción de su vida
material permaneció inmutable. El esclavo, la “máquina
vocal”, seguía siendo aún la herramienta universal.
La clase dominante de esta época precisaba
mejores calendarios y mapas, y los obtuvo. Necesitaba
máquinas para la guerra, y éstas se multiplicaron.
Requería atención médica, y para
proporcionarla progresaron la anatomía y la fisiología.
Exigía mayor rendimiento de sus campos y de
sus ganados, y justamente esta época se caracterizó
por la rapidez con que la ciencia helénica satisfizo la
demanda de una mayor producción, tanto en lo que
se refiere a los cereales como a frutas y verduras, al
propio tiempo que se mejoraban las razas de ganado.
Pero las actividades agrícolas, lo mismo que las
industriales, fueron ejercidas cada vez más por empresas capitalistas basadas en la mano de obra esclava.
No se introdujeron mejoras en el arado ni en los
restantes implementos agrícolas; nadie pensó en
aplicar la fuerza mecánica al telar, al molino ni a la
rueda. Se habían estudiado, en verdad, las fuentes
de energía del aire comprimido, del vapor, y de elementos
elásticos como las cuerdas retorcidas, y
hasta se las había utilizado para fines de diversión o
de destrucción, pero no para aliviar la pesada carga
del trabajo. La ciencia del mundo antiguo se detuvo
a este nivel










