HOMERO Y HESIODO

HOMERO Y HESIODO
Es característico de toda la civilización de los
griegos que los monumentos más .antiguos que de
ella poseemos sean literarios. Se trata de cuatro
grandes poemas: La Ilíada y La Odisea, tradicionalmente
atribuidos a Hornero, y Los trabajos y los
días y La Teogonía, atribuidos tradicionalmente a
Hesíodo. Es seguro que todas esas obras existían
hacia el año 700 a. de C., y que si acaso no revistieron
su forma actual ya mucho antes de esa época,
por lo menos encierran abundante material más antiguo.
En el período histórico, la sociedad griega estaba
organizada en ciudades-Estados independientes,
que, con la única excepción importante de Esparta,
habían derogado la forma monárquica de gobierno
y se habían constituido en repúblicas. Pero es precisamente
el período monárquico anterior el que se
refleja en la poesía de Hornero y de Hesíodo, en
diferentes aspectos y desde diferentes ángulos.
Hornero era un griego asiático de la costa oriental
del Egeo; Hesíodo, si bien su familia era oriunda del
Asia Menor, nació y vivió toda su vida en la Grecia
continental. El tema de la poesía de Hornero era la
guerra, la aventura, la vida de nobles y reyes. Hesíodo
canta la vida cotidiana del pequeño granjero y las
genealogías de los dioses. Combinando las obras de
ambos podemos reconstruir el panorama general de
:u época.
En la sociedad descrita por Hornero y Hesíodo
la agricultura se dedicaba principalmente a la producción
de cereales y vino; la otra actividad productiva
principal era la ganadería. Desde luego que la
caza y la pesca, entonces como ahora, contribuirían
a la provisión de alimentos. Existía ya la propiedad
individual de la tierra, y también la institución de la
esclavitud. La suerte común de los prisioneros de
guerra era ser esclavizados, y había un activo comercio
de esclavos, pues esos cautivos podían ser
vendidos en otros países. El trabajo esclavo se
completaba con la labor de los asalariados. Pero la
condición de estos últimos no era necesariamente
mejor que la del esclavo. Un pasaje de Los trabajos
y los días sugiere que al granjero de la época no le
pasaba inadvertida la conveniencia económica de
emplear mano de obra libre, en lugar de esclavos,
para ciertas tareas. Sin duda, como norma general
los trabajos permanentes eran ejecutados durante
todo el año por los esclavos, y se tomaban trabajadores
asalariados en las temporadas de mayor actividad.
Pero Hesíodo no era partidario de ocupar a
personas con obligaciones de familia. Una jornalera
con un niño pequeño” dice ( verso 603 ) . “es un
estorbo”. De la obra de Hornero obtenemos una
impresión muy similar del destino del trabajador
asalariado. Cuando su héroe, Aquiles, quiere declarar
en los términos más enérgicos posibles que la
más mezquina existencia en este mundo es mejor
que la más exaltada entre los muertos, no elige al
esclavo, sino al trabajador asalariado, como el escalón
más bajo de la desdicha humana. “Preferiría estar
sujete- al suelo, sirviendo a otro por un salario,
empleado por algún hombre de escasos recursos,
carente de tierra, que ser el rey de todos los difuntos”.
La industria, en aquella época primitiva, consistía
principalmente en artesanías domésticas, pero la
metalurgia y la cerámica eran ya oficios especializados.
Se tenía gran desprecio por los jornaleros, como
ocurriría durante todo el período clásico, pero la
sociedad era todavía tan simple, relativamente, que
las clases superiores no estaban por entero apartadas
de las ocupaciones manuales útiles. Odiseo, a
pesar de ser un rey, era un experto carpintero, y
Nausicaa, hija de un monarca, dirigía el lavado de
ropa del palacio, y tomaba parte en la tarea.
La sociedad estaba encabezada por reyes y nobles
hereditarios, cuya posición privilegiada se fundaba
en la propiedad de campos, huertos, esclavos,
rebaños y majadas. Algunas clases profesionales,
dependientes de ellos, gozaban de gran estima. En
un pasaje de La Odisea ( libro XVII, versos 382-7 )
se nombra en conjunto al adivino, el médico, el carpintero
y el bardo como personas a quienes cualquiera
agasajaría de buena gana. Los principales
poderes religiosos, legislativos, militares, judiciales y
ejecutivos estaban concentrados en las manos del
rey, si bien éste era asesorado por el adivino en las
cuestiones sobrenaturales, y se hacía aconsejar de
sus nobles en los asuntos militares y de Estado.
Pero el extraordinario interés de esta sociedad,
reside no tanto en las características enumeradas,
como en la circunstancia de que haya dado origen a
la gran literatura épica, de la cual sólo han sobrevivido
como muestras las obras de Hornero y de Hesíodo.
Pues no hay ningún elemento en la cultura
material del mundo homérico que no sea secundario,
imitado, y hasta atrasado en comparación con
sus precursores en Egipto, Mesopotamia y Creta.
Pero en las civilizaciones más antiguas jamás se había
producido Una literatura de la calidad de La
Ilíada y La Odisea, y raramente se llegó a igualarlas
en ninguna época posterior. Desde el momento
mismo en que empezamos a saber algo de ellos, los
griegos son supremos en su capacidad de concretar
sus pensamientos en obras de arte acabadas.
La literatura de los hebreos, cuyos orígenes datan
aproximadamente de la misma época, puede en
algunos aspectos compararse con la griega. Hay, por
ejemplo, cierta semejanza de asunto entre el libro
del Génesis y el poema de Hesíodo, La Teogonía. Y
la obra hebrea, aunque de temperamento menos
científico. está mejor compuesta y posee un interés
humano más profundo. Pero la comparación de la
literatura griega con la hebrea sirve para recordaron
una notable laguna en nuestro conocimiento de los
orígenes de la cultura intelectual griega. La literatura
hebrea, evidentemente, debe mucho a las literaturas
más antiguas del Oriente próximo. La historia de la
creación, por ejemplo, debe mucho a la antigua
epopeya babilónica. La Ley mosaica fue preparada
por alguien que conocía bien el código babilónico
de Hammurabi. Parece seguro que el Himno al Sol
del rey egipcio Akenatón influyó en la composición
de los Salmos. Y el insuperable genio de los escritores
del Viejo Testamento para el cuento corto tuvo
en. cierto grado su precursor en la obra inicial de los
egipcios dentro de este género. ¿Pero, quién puede
señalar las influencias extranjeras susceptibles de
haber preparado la aparición de la Ilíada? Es el monumento
más antiguo de la literatura griega, pero
artísticamente ya reviste une completa madurez.
Esta perfección artística debe ser el resultado por lo
menos de varias generaciones de esfuerzos y preparativos,
pero su conocimiento se ha perdido por
entero. Los romanos comenzaron a intentar la forma
épica a fines del siglo II a. de C., y tardaron casi
doscientos años antes de alcanzar la madurez de la
Eneida. Pero al escribir esta obra, Virgilio seguía
teniendo a la Mada por modelo de perfección, con
el, que esperaba rivalizar. Debemos resignarnos con
la realidad de que la historia de la época griega no
puede escribirse. Comienza para nosotros con su
creación suprema, la Ilíada. Y como la Mada sigue
constituyendo una de las principales razones para
estudiar griego, debemos dedicar una o dos páginas
a su examen antes de pasar de la aurora de la épica
griega al período más definidamente histórico de la
cultura griega.
El asunto de la Ilíada, en el sentido superficial
de la palabra, es la guerra y la lucha. Los sucesos
que en ella se describen ocurrieron a raíz de una
gran crisis, en la decadencia de la civilización micénica,
cuando una coalición de ciudades de la Grecia
continental agrupó sus fuerzas, cruzó el Egeo y
procedió a la destrucción de la ciudad de Troya, en
la ribera asiática. Según la tradición, se necesitaron
diez años para conquistar la ciudad. La Ilíada, que
trata de algunos de los sucesos de esta guerra, es un
largo poema, dividido actualmente en veinticuatro
libros, cada uno de los cuales consta de unos 600 a
800 versos. Ocupo unas 500 páginas en tipografía
moderna, de modo que es bastante más extenso que
una novela corriente. Hornero no intenta hacer la
crónica de la guerra. No es de ningún modo un
analista. Los acontecimientos que describe ocurrieron
todos en el espacio de unas pocas semanas, durante
el décimo año de la guerra. Y se relatan, no
desde el punto de vista del historiador de la campaña
bélica, sino del creador de un drama de pasión y
carácter. Hornero no pretende ser el poeta de la
guerra de los griegos contra Troya, sino de la cólera
de Aquiles. La unidad del poema no es externa, no
está impuesta desde afuera por el curso de los
acontecimientos históricos, sino que emana de la
trama dramática creada por el poeta mismo. Su interés
no reside en los hechos, sino en los actores. No
se propone analizar la historia, sino la condición
humana. Y su éxito es tan grande que inaugura un
nuevo capítulo en la historia de la cultura.
El argumento de la Ilíada, la historia de la cólera
de Aquiles, es muy sencillo. Aquiles, el más esclarecido
guerrero del bando griego, es un hombre que
ha elegido a sabiendas la suerte del soldado: una
vida breve y honrosa, antes que una longevidad sin
honor; y durante nueve años ha sido el antemural de
la hueste griega. Pero ahora, en el décimo año de la
guerra, ha sido insultado y agraviado por Agamenón, el comandante en jefe, y se niega a seguir
combatiendo. La batalla se vuelve entonces cada vez
más adversa a los griegos, y su campamento, levantado
en la playa, corre peligro de ser tomado por
asalto, y sus buques de ser incendiados. Aquiles sigue
negándose a entrar en la liza, pero permite que
su amigo Patroclo revista su armadura y trate de
suplantarlo. Patroclo sucumbe a manos del héroe
troyano Hector. El dolor de Aquiles es tan tremendo
como antes su cólera. Después de observar el
duelo y celebrar los juegos en honor del difunto
Patroclo, reanuda la lucha; se venga con creces del
enemigo, y finalmente encuentra a Héctor y le da
muerte. El poema concluye con la visita nocturna
de Príamo, el padre de Héctor, a la tienda de Aquiles,
para rescatar el cadáver de su hijo. Tal es, en
síntesis, el argumento del poema.
Para relatar su historia, Hornero tenía a su disposición
un vocabulario y una forma de versificación
que evidentemente habían sido amoldados por
una larga tradición a los fines de la poesía épica. No
se ha ideado jamás mejor medio para un largo poema
narrativo. El arte de la palabra apropiada paracada
caso y del ritmo más adecuado en cada momento
había alcanzado una insuperable perfección.
La manipulación del relato no es menos admirable.
En él se justiprecian y se utilizan todos los recursos
capaces de atraer y sostener la atención del lector.
El escritor se sumerge desde un primer momento
en su historia. Se mantiene entre bastidores, evitando
la narración directa, y poniendo el desarrollo de
la acción en labios de los propios actores. Y va
contrastando en forma estudiada los asuntos, el
sentimiento, el carácter, diversificando las escenas
bélicas con la introducción de cuadros de actividades
pacíficas en mar y tierra, al aire libre o bajo los
techos de los palacios.
Y con esto, sólo hablamos de los méritos menores
del poema, y nos quedamos en el introito de su
elogio. Los críticos de todas las épocas han tratado
de hallar palabras para describir las cualidades de
índole más espiritual que técnica: la intensidad de la
visión del autor, la certeza de su dominio de lo que
quiere decir, la fuerza de su pathos, la coherencia de
su caracterización, la osadía y elevación de su pensamiento,
la unidad emotiva interior, que, en el flujo
y el reflujo del entusiasmo, a través de los diversos
libros, va levantando al poema todo, como una ola
creciente, hacia su irresistible conclusión.
Pues es precisamente en la sucesión de las emociones
dominantes donde se revela ante todo la unidad
de esta gran obra maestra. La culminación del
poema sobreviene cuando el anciano Príamo se infunde
fuerzas para ir a reclamar el cadáver de su
hijo, de manos del hombre que lo ha matado, y
cuando Aquiles, movido de compasión, le entrega el
cadáver del hombre que mató a su amigo. Pero esta
culminación viene preparándose desde el comienzo
del poema, y no puede apreciarse si no lo seguimos
paso a paso. Desde la querella de Aquiles con Agamenón
en el campamento, y a través de las hazañas
cumplidas en el campo de batalla, vamos comprendiendo
progresivamente la magnitud de la amistad
entre Aquiles y Patroclo. De las rudas virtudes, las
amistades viriles, y el concubinato con las mujeres
cautivas en el campamento de los invasores griegos,
pasamos a la lucha más profunda de los troyanos,
cuyos hogares amenazados evocan un patriotismo
más puro, un tipo de coraje más reflexivo, al abandonar
los brazos de sus mujeres y sus hijos para
afrontar la muerte en la llanura barrida por el viento,
ante los muros de su querida ciudad. Durante todo
el poema, la acerbidad de la acción va creciendo,
hasta culminar en el coloquio entre Príarrio y Aquiles.
“Cincuenta hijos tenía”, dice Príamo, “cuando
llegaron los aqueos. El fiero Marte exterminó a la
mayoría de ellos, y a Héctor, el único que quedaba,
el guardián de nuestra ciudad y nuestra gente, acabas
tú de darle muerte; por eso he venido hasta las
naves de los aqueos, para recobrar de ti su cadáver a
costa de un gran rescate. Teme, oh Aquiles, la cólera
del cielo; piensa en tu propio padre y ten compasión
de mí, que soy todavía más digno de piedad, pues
me he hecho fuerte, como hombre alguno antes que
yo, para venir a besar la mano del hombre que mató
a mi hijo”.
No tenemos aquí suficiente espacio para hablar
de los demás poemas épicos que han sobrevivido de
este período. Debemos subrayar, al concluir este
capítulo, la lección que ya hemos extraído del análisis
de la civilización de la edad homérica, a saber,
que en cultura material la vida de esa época sólo fue
un pálido reflejo de lo que ya existía en las civilizaciones
del Oriente próximo desde por lo menos dos
mil años atrás. Pero algo hubo en el carácter de ese
pueblo o en las circunstancias de su vida que posibilitó
un florecimiento de literatura creadora todavía
sin parangón entre los más ricos tesoros espirituales
de la humanidad.