ESPARTA Y ATENAS: EL IDEAL DE LA CIUDAD-ESTADO
La unidad de la organización política de los
griegos no era la tribu ni la nación, sino la ciudad-
Estado, que no solía contar con más de diez mil
habitantes. Aristóteles creía que el límite adecuado
era la máxima cantidad de personas que podía oír
simultáneamente la voz de un orador. Los griegos
no trepidaban en luchar, y perder la vida para defender
la independencia y la autarquía de esos minúsculos
Estados: la ciudad-Estado, o la polis,
como ellos la llamaban, era para los helenos, sinónimo
de civilización. Este ideal, que concitaba su
fanática devoción, ha sido muy admirado también
en épocas modernas. El reducido tamaño de esta
unidad política permitía a todo ciudadano participar
directamente en el gobierno, y le brindaba la posibilidad
de adquirir experiencia en el manejo de la cosa
pública. Pero tenía al mismo tiempo la desventaja
de constituir un obstáculo insuperable a toda unidad
real entre los Estados griegos. Éstos poseían un
idioma común, una misma religión, y compartían las
celebraciones de los juegos olímpicos, píticos, neneos
e ístmicos. Pero en lo político, Grecia permaneció
desunida, y así fue fácil presa, primero de
Macedonia y luego de Roma. A medida que mejoraron
los medios de comunicación, las ciudades-
Estados independientes y autárquicas se convirtieron
en un anacronismo político y la unidad que fueron
incapaces de instaurar por :,í mismas les, fue
impuesta desde afuera.
Ésta había sido ya la suerte de los griegos asiáticos,
en el siglo vi a. de C., cuando cayeron bajo la
dominación política primero de Lidia y luego de
Persia. Los lidios y los persas les dejaron la administración
de sus asuntos municipales; y la pérdida
de su independencia política, como hemos visto en
el capítulo anterior, no menoscabó su espléndida
contribución a la cultura griega. Pero les arrebató
algo que para los griegos encarnaba el valor supremo.
De modo que si queremos examinar la ciudad-
Estado griega en su pleno desarrollo, debemos dirigirnos
a la Grecia de tierra firme, y en particular, a
Atenas y Esparta.- Empecemos por esta última.
Hacia el año 1000 a. de C. una horda invasora
de griegos dóricos provenientes del norte consiguió
instalarse en Peloponeso, en el rico valle del Eurotas.
Evidentemente, llevaron consigo el ideal de la
ciudad-Estado, que Aristóteles describiría luego tan
bien.6 Repartieron las tierras entre sí, en parcelas
iguales, esclavizaron a los habitantes conquistados y
los sujetaron a la gleba, y luego de haber resuelto así
el problema de conseguir los productos agrícolas
que necesitaban, sin tener que trabajar ellos mismos
la tierra, se pusieron a considerar la mejor forma de
obtener los pocos artículos manufacturados que
precisaban, sin fabricarlos ellos mismos. Resolvieron
este problema tolerando que las pequeñas ciudades
vecinas continuaran existiendo como
entidades separadas bajo gobernadores espartanos,
que sacaban de ellas los productos de la artesanía y
la industria, actividades de las que el orgullo de los
espartanos les impedía ocuparse. De este modo,
todo ciudadano espartano era un hidalgo rural ocioso.
El Estado le proporcionaba su granja y la mano
de obra necesaria para explotarla; la única condición
de su tenencia era que entregara a la comunidad una
proporción determinada del producto de su finca.
Quien así no lo hacía, perdía sus derechos cívicos.
Alrededor del año 800 a. de C., sobre la base de
este sistema, mediante el cual satisfacían sus necesidades
económicas con el trabajo ajeno, los espartanos
habían establecido una forma de gobierno que
despertó la admiración de épocas posteriores. Conservaron
la institución de la monarquía, pero evitaron
algunos de sus inconvenientes manteniendo dos
reyes. Cada uno de ellos limitaba el poder del otro, y
si uno estaba ausente, como general de las tropas en
alguna campaña militar, el otro quedaba en la capital
como jefe del gobierno. Existía un consejo, formado
de veintiocho ancianos, que ejercía. una constante
fiscalización de los asuntos públicos. La
general participación de la ciudadanía en la vida pública
era asegurada mediante la presencia de todo
ciudadano varón mayor de treinta años en una
asamblea donde se decidían todas las cuestiones
políticas fundamentales.
Además, había una magistratura popular, compuesta
por los éforos, que formaban una junta de
cinco miembros, encargada de vigilar también a los
monarcas. Estos magistrados tenían atribuciones
casi ilimitadas de vigilancia y fiscalización, pero como
eran renovados anualmente, no había mayor
peligro de que abusaran de ellas. De este modo,, la
constitución de Esparta contaba con un ingenioso
sistema de equilibrio de poderes que aseguró su
permanencia durante varios siglos.
Como los espartanos estaban exentos de trabajar
en la agricultura o en los talleres, cabe preguntarse
si tenían algo que hacer: en realidad, su única
función era la preparación bélica, y para ella vivían a
la manera de alumnos internados en una escuela
harto disciplinada, con rasgos de cuartel. La vida
privada estaba casi totalmente abolida. No se toleraba
el lujo. En toda Grecia eran célebres sus hábitos
peculiares: la inmersión matinal en las frías aguas
del Eurotas, la sopa negra de los refectorios colectivos,
el rústico maderamen de sus viviendas, labrado
sólo con el hacha. Y así pasaban el día los espartanos,
entre sus diversiones organizadas, las comidas
comunales, los negocios públicos, los ejercicios militares,
y las misiones castrenses. No escribían historias, ni cultivaban las ciencias, ni hacían esculturas.
Pero conocían la diferencia entre un espartano y un
ilota, entre un espartano y un habitante de cualquier
ciudad vecina, entre un espartano y cualquier otro
griego. Eran los mejores infantes. con armamento
pesado en toda Grecia, y su ciudad sin murallas se
levantaba en campo abierto como un tácito desafío
al resto de Grecia, por si cabía alguna duda.
Por increíble que pueda parecer, esta extraña
sociedad se mantuvo sana y vigorosa duran, te unos
cuatrocientos años; pero hacia el siglo IV estaba
evidentemente en decadencia. Es posible que con su
sistema de agricultura los espartanos hubieran agotado
la fertilidad del valle del Eurotas. Es indudable
que la sencillez de su vida, artificialmente conservada,
era cada vez más anacrónica, y que la disciplina
espartana iba quebrantándose a medida que las circunstancias
ponían a este pueblo más y más en
contacto, no sólo con otros griegos, sino también
con los persas. Sea cual fuere la razón, cada vez
menos espartanos aportaban su contribución al
fondo común, y hacia el siglo III, de los diez mil
infantes pesadamente armados que en un tiempo
hacían temblar a su paso la llanura del Eurotas, no
quedaban sino unos centenares. Los grandes días de
Esparta habían pasado para no volver jamás. Sólo se
conservó el recuerdo de sus proezas y de su constitución,
registrado por sus enemigos, los atenienses,
como ejemplo y advertencia para la humanidad.
El desarrollo de Atenas siguió otro rumbo. Lejos
de constituir una horda invasora en territorio
conquistado, los atenienses se enorgullecían de ser
indígenas del Atica. Pero su orgullo del pasado no
los hacía conservadores. Los intereses de los terratenientes
muy pronto fueron morigerados por el
desarrollo de una clase media comercial e industrial,
que determinó la quiebra de viejas instituciones y
contribuyó a la rápida evolución política que es la
principal característica de la historia ateniense.
También dio lugar a la presencia en Atenas de una
gran cantidad de residentes extranjeros quecontribuyeron
notablemente a su preeminencia intelectual.
En sus primeros tiempos Atenas, como otros
Estados griegos, fue una monarquía. A ésta sucedió
una oligarquía tiránica de la clase terrateniente, que
a su ves, luego de un período de trastornos políticos,
dio paso a una forma de democracia. Los ciudadanos
estaban divididos en cuatro clases, sobre la
base de la propiedad. Todas ellas, hasta la más baja,
es decir, la que carecía de toda posesión, teman el
derecho de asistir a la asamblea popular, y de recibir
nombramientos para los tribunales populares, que
ejercían un vasto poder sobre la vida pública y privada
de la ciudad. E1 orden del día de la asamblea
era preparado por un parlamento de quinientos
miembros, que se designaba anualmente, echando
suertes, con la participación de las tres clases superiores
de ciudadanos. El poder ejecutivo estaba en
manos de una junta de nueve miembros, designada
también anualmente, a) azar, por los ciudadanos de
las tres clases superiores del Estado.
Esta democracia, si bien no alcanzó desde un
principio su pleno desarrollo, quedó establecida en
el último decenio del siglo m. Casi inmediatamente,
la nueva forma de gobierno se vio sometida a una
terrible prueba. Las ciudades griegas del Asia se habían
rebelado contra su amo persa. Atenas había
tenido la presunción de ayudarlas. Los persas, después
de sofocar la revuelta, juraron vengarse de
Apenas, y procedieron a la invasión de Grecia. Pero
en 490 la infantería ateniense, en la llanura de Maratón,
y en 480 la flota ateniense, en la bahía de Salamina,
enfrentaron y derrotaron a las fuerzas muy
superiores del invasor. Estas victorias asombraron
al mundo, y se sacó la conclusión de que el nuevo
experimento de la democracia debía considerarse un
brillante éxito. El historiador de esos dramáticos
sucesos, Heródoto, dice que “Los atenienses ganaron
en estatura: y resulta evidente que la igualdad
política es por todos los conceptos una cosa valiosa,
si reflexionamos que los atenienses, cuando estaban
gobernados por un tirano, en modo alguno superaban
a sus vecinos en coraje, pero cuando se liberaron
de la tiranía se pusieron a la cabeza de todos.
Salta a la vista que mientras estaban sometidos se
hacían los cobardes, pues sus esfuerzos sólo habrían
servido los intereses de su amo; pero una vez que
estuvieron libres, todos rivalizaron en luchar por sus
propios intereses”.
La gloria de este primer experimento democrático
rodea hasta hoy como un halo el nombre de
Atenas. Ella fue, para Shelley, el “primer trono” de
la libertad; la gran historia de Grecia, obra de Grote,
es un homenaje a la democracia ateniense; la creación
de los dos grandes arquitectos de la constitución
democrática, Solón y Clístenes, continúa
despertando la admiración de los filósofos políticos
mejor informados, que no vacilan en comparar el
genio de aquellos hombres con el de los estadistas
más afamados de las épocas modernas. Asimismo,
e! gran florecimiento de la literatura en la Atenas del
siglo v no puede comprenderse sino en el ambiente
de la democracia ateniense.
Las máximas creaciones literarias de la Atenas
del siglo v fueron el teatro, la historia y la oratoria.
El teatro ateniense, tanto en la tragedia como en la
comedia, es inconcebible fuera de la atmósfera de la
Atenas de esa época. Las obras se representaban
ante toda la ciudadanía. en festivales religiosos periódicos
que eran organizados y costeados por el
Estado. Es un indicio significativo de la realidad de
las libertades políticas de entonces, que los hombres
que ocupaban una posición de tanta responsabilidad
pública como los dramaturgos atenienses hayan retenido
una individualidad tan pronunciada de pensamiento
y de estilo. Pero al mismo tiempo esta
estrecha relación entre el poeta y toda la ciudadanía
es probablemente el fundamento del equilibrio y la
normalidad del teatro ateniense, que en medio de
todo su rico contenido intelectual y su tono elevado
mantiene un contacto vital con la existencia del
hombre común. Justamente a los mismos atenienses
que habían ganado la batalla presentó Esquilo en
Los Persas una versión dramática de su triunfo en
Salamina. Sófocles, maestro insuperable en el arte
de gobernar las emociones, tuvo a su mando, como
general en el campo de batalla, a los mismos hombres
a quienes en el escenario presentara el drama
de la desgracia y la muerte de Ayaz, o la historia de
los traicioneros tratos de Odiseo con el inválido
Filoctetes, Eurípides, escéptico, crítico, campeón de
las causas impopulares, defiende los derechos del
extranjero y del esclavo, preconiza la emancipación
de la mujer, denuncia las debilidades de la religión
del Estado y ataca la glorificación de la guerra, como
quien vive en una atmósfera de pública discusión
y espera influir en la política pública con sus
alegatos. Esta actitud se acentúa todavía más en la
comedia de Aristófanes, que no deja nunca de ser
polémica. Pone en el escenario a los poetas, los filósofos
y los hombres públicos de su propia época, y
en las animosa tiradas contra ellos podemos todavía
captar el eco de la libertad de palabra que caracterizó
a la democracia del siglo v en Atenas.
Ese mismo espíritu público influyó decisivamente
en las obras de historia escritas en aquella
época. Entre los historiadores atenienses debemos
incluir a Heródoto, pues si bien éste nació en Halicarnaso,
del lado asiático del Egeo, vivió en Atenas,
donde halló un hogar natural, ya que los atenienses
pertenecían a la rama jónica de los griegos, y él fue
precisamente el historiador de su máxima hazaña :
la victoria sobre los persas. Había vivido anteriormente
entre los griegos que habían caído bajo la
dominación meda. Luego vivió en Atenas. que al
menos por un tiempo había sacudido el yugo persa
de los hombros de los griegos. Heródoto creyó que
esta hazaña podía atribuirse a la nueva forma de
constitución de Atenas. Su historia es el primer gran
tributo a la democracia. Mientras la estaba escribiendo
iba siendo leída al público ateniense.
A su sucesor, Ticídides, el destino le reservó una
tarea más ardua y menos grata.
Atenas, después de su victoria sobre los persas.
se convirtió naturalmente en la ciudad rectora del
mundo helénico. Para resistir al medio, se constituyó
tina federación de unas doscientas ciudades griegas,
con Atenas a la cabeza. Pero la confederación
pronto fue convertida por Atenas en un imperio,
sus aliados se transformaron en sus súbditos y la
protectora de Grecia en su tirana. Cuando medio
siglo después de la batalla de Salamina Esparta tomó
las armas contra Atenas. Ticídides comprendió
que no se trataría meramente de una lucha de los
dorios contra los jonios, de la oligarquía contra la
democracia, de una potencia terrestre contra una
potencia marítima, sino que los aliados-súbditos
aprovecharían también la oportunidad para rebelarse
contra Atenas y recobrar la independencia. Al
cabo de veinticinco años de amarga lucha, Atenas
terminó por caer completamente derrotada. Ésta
fue la guerra de la cual Ticídides se convirtió en
historiador.
Su libro fue la obra de su vida. Su estilo es austero,
casi agresivo; expresa en el prefacio su desprecio
por las artes de atracción popular innatas en
Heródoto, quien, con ser un gran genio, era también
un exiliado que debía ingeniárselas para vivir.
Los críticos tachan sus escritos de indiferentes,
prescindentes y fríos. Cierta vena colorida que aparece
en su relato, donde su tono adquiere una fácil
fluidez narrativa, fue denominada por un crítico de
la antigüedad “la sonrisa del león”. Pero Ticídides es
en realidad uno de los escritores más apasionados.
Amaba la civilización que vio derrumbarse en la
guerra entre Atenas y Esparta, pero sabía que no
eran sus emociones las que interesarían a la posteridad.
Con una serenidad tan digna como la de Hornero,
y un humanitarismo tan sabio como el de su
contemporáneo el gran médico Hipócrates, se puso
a la tarea de investigar objetivamente las causas del
desastre. Sin decirlo expresamente, nos da a entender
que se propone crear una ciencia de la sociedad:
“No me he aventurado a hablar de los sucesos de la
guerra basándome en informaciones fortuitas, ni
según nociones propias; sólo he descrito lo que vi
por mí mismo o lo que he sabido por otros, acerca
de quienes hice las más cuidadosas y minuciosas
averiguaciones. La tarea ha sido laboriosa, pues los
testigos presenciales de un mismo acontecimiento
dan de él diferentes versiones, en la medida que recuerdan
las acciones de uno u otro bando, o están
interesados en ellas. Y es muy probable que el carácter
estrictamente histórico de mi narración pueda
decepcionar el oído. Pero quien desea tener ante su
vista una verdadera descripción de lo ocurrido, y de
los sucesos parecidos que pueden esperarse entre
los hombres en lo venidero, juzgará que mis escritos
son útiles, y con eso me daré por satisfecho. Mi
historia es una posesión perdurable, no una composición
premiada que se escucha y luego se olvida”.
De la oratoria que fue el ornato de su época,
sólo podemos decir aquí que constituyó el instrumento
necesario para que un hombre pudiera influir
sobre sus semejantes en una reunión pública, ya se
tratara de un tribunal o de una asamblea donde se
debatieran cuestiones políticas. De modo que se
trataba de un producto característico de la democracia.
También es peculiar del temperamento artístico
griego por haber asumido rápidamente una
forma externa definida. El discurso ateniense tiene
una pauta fija, como un poema lírico o un templo.
Mucho podría decirse al respecto; nos limitaremos a
una observación: que en cualquier composición que
ha de presentarse ante el público, la existencia de
una pauta tiene la ventaja evidente de que tanto el
oyente como el orador saben en qué situación se
encuentran, y cuándo se aproxima el desenlace. Se
trata de una cortesía elemental hacia el auditorio,
que de todos modos pronto le sería impuesta al
orador en el ambiente franco de la vida pública ateniense.
Se han hecho muchos y muy diversos intentos
de analizar la cualidad esencial de la vida ciudadana
griega. En un pasaje anterior del presente ensayo,
cuando estimamos necesario recordar al lector que
los griegos no habían inventado las artes en que se
basa la vida urbana, y que no llegaron a vivir en ciudades
sino miles de años después que otros pueblos,
prometimos explicar, si pudiéramos, las características
distintivas de su existencia ciudadana pues ellos
mismos consideraban bárbaros a quienes no compartían
sus instituciones e ideales políticos. Sin embargo,
los griegos participaban, junto con quienes
llamaban bárbaros, de un ideal, que llegó a su máxima
expresión en Esparta, pero que fue también la
base de la vida ateniense a saber, que todo el trabajo
pesado del campo y de los talleres debía quitarse de
los hombros de los ciudadanos y cargares sobre las
espaldas de una abatida población esclava. Pero para
la ciudadanía tenían un noble ideal de libertad.
Un escritor contemporáneo7 halla el secreto de su
libertad en su aceptación del principio de la voluntad
mayoritaria. Estaban dispuestos ( claro que
dentro de ciertos límites) á poner las cuestiones a
votación y acatar los resultados de ésta; podemos
suscribir esta opinión. Y podemos también coincidir
con dicho autor cuando dice lo siguiente: “Habían
captado la profunda verdad de que el desarrollo del
carácter y del intelecto no depende tan sólo de la
naturaleza individual, sino también de una forma de
sociedad que exige a sus miembros que ejerzan sus
facultades tanto en el interés público como en el
propio . . . La ciudad de Atenas fue el Estado donde
el principio de la res publica alcanzó su máxima expresión
en toda Grecia”-.










