EN LOS ORÍGENES DE LA CIVILIZACIÓN CLÁSICA
En el capítulo anterior dimos cuenta de las opiniones
divergentes de dos filósofos sobre el origen
de las técnicas que constituyen la base material de la
vida civilizada. Posidonio creía que su invención se
debía a los filósofos; Séneca dio razones en favor de
su convicción de que habían sido descubiertas por
trabajadores manuales. No cabe duda que era Séneca
quien estaba en lo justo. Pero importa añadir para
nuestro objeto que esas técnicas básicas no
habían sido aportadas a la civilización por los griegos
ni por los romanos: fueron heredadas de una
remota antigüedad. Por repetirse tan a menudo es
que debemos toda nuestra civilización al mundo
clásico, y resulta necesario insistir en la deuda de los
griegos y los romanos para con culturas anteriores.
El período histórico a que nos referimos al
examinar la civilización de Grecia y Roma está
comprendido aproximadamente en los mil doscientos
años que median entre el 700 a. de C. y el
500 de C. Estas fechas son algo arbitrarias, pues la
época de oro de la poesía épica griega es anterior al
año 700 a. de C., y por otra parte, ni la literatura
griega ni la latina dejaron de existir totalmente después
del año 500 de C. Pero para ese entonces la
cultura pagana de la antigüedad clásica había sido
definitivamente suplantada por la Cristiandad, y
sólo sobrevivía como una poderosa influencia en un
mundo transformado. Si nos contentamos, pues,
con admitir que esos mil doscientos años incluyen la
historia ininterrumpida de lo que se llama la civilización
clásica, podemos decir que dicha civilización
fue puramente griega hasta el año 250 a. de C.,
aproximadamente. A partir de esa fecha, el incremento
del poder de Roma va haciendo cada vez
más apropiado el uso de la denominación “grecorromana”.
Empero, mucho antes de iniciarse ese período
habían sido inventadas ya todas las artes y las técnica
que transformaron al hombre, de recolector, en
productor de alimentos. Ésta fue la revolución fundamental
que hizo posible lo que llamamos civilización,
y ella se había producido unos dos o tres mil
años antes de que los griegos aparecieran en el escenario
histórica.
Dicha revolución tuvo lugar en el período comprendido
aproximadamente entre los años 6000 y
3000 a. de C., en los valles fluviales del Nilo, el Éufrates,
el Tigris, y el Indo. Fue un período de progresos
extremadamente rápido en la gran conquista
humana del medio; y fueron las técnicas inventadas
por el hombre las que posibilitaron la aglomeración
de grandes poblaciones en un mismo lugar y la aparición
de la vida urbana. El reconocimiento de la
gran importancia de este período primitivo en la
evolución del hombre civilizado es de muy reciente
data, y modifica toda la perspectiva de la historia
clásica. Durante todo el período de la civilización
clásica no se introdujeron mejoras fundamentales en
las técnicas tradicionales con que los hombres
arrancaban a la naturaleza la base material de su
existencia.
Durante la era llamada paleolítica, que según los
cálculos de prudentes arqueólogos duró unos
250.000 años, el hombre no había carecido de alguna
ciencia, de ciertos atisbos de un dominio consciente
sobre la naturaleza. Poseía instrumentos de
piedra; sabía encender fuego y conservarlo; cazaba
animales salvajes y adquirió el conocimiento de sus
costumbres; recogía raíces y frutos, con el discernimiento
necesario para evitar los alimentos nocivos y
escoger los saludables.
Luego, durante la era neolítica, en los centros
donde habría de surgir la civilización urbana, observamos
una súbita aceleración del progreso. El cambio
se inició probablemente con el descubrimiento
del arte de cultivar dos cereales, el trigo y la cebada.
El hombre comenzó a ser, además de recolector,
cultivador. Ya no se limitó a tomar lo que la madre
tierra le ofrecía, sino que con gran audacia la obligó
a dar a luz. Había comenzado a alterar su medio
ambiente, y con ello, a educarse y transformarse a sí
mismo.
Fue probablemente ese dominio de la provisión
de alimentos lo que puso a los rebaños de animales
salvajes en situación de semidependencia respecto
del hombre, y lo que permitió a éste llegar a domes
ticar la vaca, la oveja, la cabra y el cerdo. El perro ya
se había convertido en amigo del hombre durante
sus épocas de cazador. De este modo, el hombre.
comenzó a ser ganadero al propio tiempo que agricultor,
y al hacerlo se transformó en un ser todavía
más parecido a su congénere moderno.
Esas mejoras fundamentales en la producción
de los medios de vida fueron sucedidas por toda
una serie de descubrimientos secundarios. El hombre
comenzó a hilar y a tejer, a confeccionar ropas
de lino y de lana. Inventó el torno del alfarero, y
modeló y horneó la arcilla. Hizo ladrillos y comenzó
a construir. Practicó el riego artificial con canales y
zanjas, y así unió la horticultura al cultivo de los cereales.
Aprendió el secreto de la fermentación, y
comenzó a fabricar cerveza. Su conocimiento del
mundo mineral fue también en aumento. Ya sabía
elegir los pedernales para sus herramientas de piedra.
Aprendió luego a distinguir algunos de los minerales
metálicos. Refinó el cobre y el estaño, los
fundió, y con su aleación fabricó nuevas herramientas
y armas de bronce. Un adelanto condujo a
otro; por ejemplo, los nuevos instrumentos de
bronce promovieron el desarrollo del oficio de la
carpintería. Con su nueva hacha de metal el hombre
liberó una mayor superficie de la tierra del dominio
de la selva. Con los troncos construyó embarcaciones
de tablas, mejores arados, ruedas de madera.
Ideó y consiguió sujetar el buey al arado y a la carreta.
Con un poco de imaginación, podrá llegarse a
comprender la revolución interna que esos descubrimientos
deben haber ocasionado en el hombre.
De calador y recolector se había transformado en
agricultor, ganadero, carpintero, alfarero, hilandera,
tejedor, jardinero, constructor y herrero.
Fue este asombroso progreso técnico, que en
todos sus aspectos esenciales continuó sin otras
mejoras hasta el advenimiento de la era de las máquinas,
el que posibilitó la aparición de la vida urbana.
El hombre había llegado a poseer el dominio de
su provisión de alimentos. El productor primario,
agricultor y ganadero, podía mantener al productor
secundario, a saber, el constructor, el carpintero, el
alfarero. Mucho antes del año 3000 a. de C., la vida
urbana estaba bien establecida en Egipto, la Mesopotamia
y el valle del Indo. El período culminante
de la civilización de esos valles fluviales ocurrió entre
los anos 3000 y 2500 a. de C. Allí se levantaban
entonces grandes ciudades, cuyos habitantes vivían
refinadamente, rodeados de monumentos arquitec
tónicos y otras obras de arte, practicando la técnica
de la escritura, con un conocimiento ya notablemente
avanzado de la aritmética, la geometría y la
astronomía, no enteramente faltos de nociones de
higiene ‘y medicina, y dueños de literaturas de ciertos
alcances y alguna importancia.
La historia del surgimiento de esos centros de
civilización, de la expansión de su influencia por el
Asia Menor y la región oriental del Mediterráneo en
general, y de las etapas mediante las cuales el conocimiento
de las artes de la vida civilizada alcanzó a
los creadores de la cultura de la Grecia clásica, presenta
claros que van siendo llenados gradualmente
por el progreso de la investigación arqueológica.
Aquí sólo podemos ofrecer un esbozo de ella.
Muy próxima a las civilizaciones de los valles
fluviales apareció la civilización insular de Creta.
Esta cultura, llamada también minoica, de Minos, el
rey mítico de Cnossos, en Creta, fue el primer centro
de la civilización europea. Las exquisitas creaciones
de sus arquitectos, alfareros y pintores han
llegado a ser familiares para los estudiosos desde
que por primera vez las revelaron, hace casi sesenta
y cinco años, las excavaciones emprendidas por Sir
Arthur Evans. Desde Creta, mediante la coloniza
ción, la conquista y las relaciones pacíficas, fue difundiéndose
el conocimiento de las artes y oficios
que posibilitaron la aparición de la vida urbana en
muchos lugares de la cuenca del Egeo. Esta civilización
egea, llamada también micénica por la ciudad
de Micenas, en el Peloponeso, donde se han descubierto
sus vestigios más notables, fue la precursora
inmediata de la civilización clásica en la parte continental
de Grecia. La literatura griega más antigua, es
decir, la épica homérica, muestra la influencia de la
civilización de Micenas, aunque sea difícil determinar
hasta qué punto la refleja exactamente, y qué
distancia la separa de ella en el tiempo.
A1 examinar la cuestión de la relación de la
cultura griega con las civilizaciones más antiguas de
los valles fluviales, es también esencial recordar que
la primera floración del genio griego no se produjo
en la Grecia continental, sino en la franja de ciudades
griegas de la costa egea del Asia Menor. Allí, por
medio de las rutas comerciales que unían las costas
del Egeo con la Mesopotamia, los griegos estaban
en contacto directo con la cultura todavía viva de
Babilonia.
Las empresas de sus mercaderes los pusieron
también en relación directa con Egipto. Así, sobre
las ruinas de la civilización micénica, y en vinculación
con las culturas de Egipto y Mesopotamia, surgió
esa civilización clásica que nos liemos propuesto
examinar.
La relación entre la cultura técnica de los griegos
y las de sus precursores ha llegado a aclararse
plenamente no hace mucho tiempo. En una obra
muy importante, dedicada al estudio del conocimiento
de los materiales, desde las épocas más primitivas
hasta fines de la Edad del Bronce en Egipto,
Babilonia y la región del Egeo se han examinado
por primera vez, en forma completa y competente,
todos los datos. relativos a este asunto. El autor extrae
la siguiente conclusión: “El conocimiento del
uso de los materiales en el período clásico, que por
lo general constituye el punto de partida del historiador
de la ciencia, proviene casi por entero de
culturas mucho más antiguas. Representa, en muchos
casos, no una fase original y vigorosa en el desarrollo
del genio nacional, sino una forma
decadente de artesanía, conocida entonces ya desde
épocas tan remotas como lo son hoy para nosotros
los últimos días de Grecia y Roma. Salta a la vista la
importancia de esta conclusión para una evaluación
justa de las adquisiciones grecorromanas.
Antes de concluir este breve resumen de la aparición
de las técnicas en que se funda la vida urbana,
algo debe decirse sobre un tema de máxima importancia.
Ya hemos mencionado, sin más comentario,
el hecho de que las artes de la escritura y la numeración
se practicaban en las antiguas civilizaciones del
Cercano Oriente. Pensándolo bien, es evidente que
la administración de la ciudad-Estado y del gran
territorio de ella dependiente hubiera sido imposible
sin las artes de la escritura, el cómputo y la simple
medición. En verdad, mucho antes del año 3000 a.
de C. las técnicas de la escritura, la lectura y la aritmética
elemental estaban ya inventadas, y en Egipto
y Mesopotamia las ejercía regularmente una clase de
escribas sin cuya ayuda habría resultado por completo
imposible la administración de esos vastos y
complicados Estados.
Pero aquí aparece una paradoja. Durante mucho
tiempo nos hemos acostumbrado a relacionar el
progreso con las letras, y a considerar el arte de la
escritura como el principal medio por el cual se
conserva la tradición de la civilización. Sin embargo,
es evidente que el descubrimiento de las técnicas
básicas de la vida civilizada es anterior a la invención
del arte de escribir; y todavía es más notable el
hecho de que desde la época en que llegó a difundirse
ese arte, con la aparición de la vida urbana,
hasta épocas muy modernas, el desarrollo de la
ciencia introdujo muy escasos progresos en sus aplicaciones
prácticas. En realidad, cabe afirmar que
con la invención de la escritura llegó repentinamente
a su fin una gran era de progreso técnico.
La explicación de esta paradoja reside en la circunstancia
de que la escritura y la numeración no se
inventaron para promover la conquista de la naturaleza,
que en ese entonces había avanzado hasta el
punto de producir una revolución en la sociedad.
Las técnicas se transmitían de generación en generación
oralmente, a través de un sistema de aprendizaje.
La escritura y la numeración se inventaron para
satisfacer necesidades muy diferentes; a saber, las de
la administración y el gobierno. Pues al aparecer la
vida urbana se observa una terminante división de la
sociedad en trabajadores, esclavos o libres, y administradores.
La escritura era un instrumento de la
administración, y los escribas eran los servidores del
gobierno. De modo que los escritos más primitivos,
como es natural, no fueron tratados de agricultura o
metalurgia. La noción de que un labrador o un minero
pueda escribir es aún hoy una novedad, hasta
en algunas regiones de la Europa Occidental. Las
primeras escrituras son de índole contable, y constituyen
el registro del botín de las conquistas militares,
o bien tratan de artes, como la astrología, que
interesaban a reyes y gobernantes. La religión, por
supuesto, está incluida también, en uno de sus aspectos,
entre las técnicas administrativas. Por
cuanto se ocupa de una esfera que trasciende el alcance
del conocimiento positivo, pero de la cual la
sociedad extrae sus sanciones para sus instituciones
y sus actos, la religión. inevitablemente, atrae la intervención
y la regulación del Estado. Ningún gobierno
puede darse el lujo de admitir que cualquier
individuo pueda opinar con tanto acierto Como el
que más sobre la cuestión del ordenamiento divino
del mundo. La opinión de los desposeídos será, a
menudo, que la justicia divina exige una revolución
en la sociedad; la opinión de la clase dominante será
casi siempre que la Providencia no quiere cambios.
Por tanto la religión, como dependencia del gobierno,
es uno de los aspectos en que primero tuvo
aplicación la escritura.
Entretanto, para los trabajadores las cosas fueron
de mal en peor. Como Séneca lo había adivinado,
eran precisamente hombres ocupados de las
tareas prácticas quienes habían inventado y perfeccionado
las artes y los oficios. Y asimismo, según
Séneca lo había dado a entender, anotes de que
existiera la división en clases los hombres compartían
de buena gana con sus semejantes cualquier
mejora introducida en la técnica. Pero luego el progreso
de las técnicas había revolucionado la sociedad,
convirtiéndose el artesano en el esclavo del
administrador, reducido a una capa social inferior.
Lo que producía no le pertenecía, sino que se le
arrebataba en concepto de impuestos, sin dejarle
más que lo indispensable para mantenerse y reproducirse.
Así llegó, a desaparecer el incentivo, y casi
la posibilidad misma, de nuevos progresos técnicos.
Sociedades de esta índole existían, en situación
de estancamiento, en los valles del Nilo y del Éufrates
unos dos mil años antes de que apareciera la
civilización griega. Los griegos habrían de introducir
algunas mejoras asombrosas en la vida de la clase
dominante de la sociedad; pero la civilización grecorromana
corresponde esencialmente a la etapa del
desarrollo de la sociedad que acaba de describirse.
Aristóteles aprobaba plenamente esta sociedad dividida
en clases. “No es ningún descubrimiento de los
filósofos políticos que el Estado debe estar dividido
en dos clases, y que los guerreros deben estar separados
de los agricultores. Este sistema ha perdurado
hasta hoy en Egipto y en Creta . . . La tierra debe
pertenecer a quienes poseen armas y participan en el
gobierno, y los labradores deben constituir una clase
distinta de ellos… Lo mejor sería que todos los
campesinos fueran esclavos, hombres que no pertenecieran
a una misma raza y que carecieran de ánimos,
pues estando faltos de arrestos se prestarían
mejor a su trabajo, y no habría peligro de que intentaran
una revolución”.










