EL RENACIMIENTO JONICO: LA CIVILIZACIÓN DE LOS GRIEGOS EN LAS RIBERAS DEL ASIA MENOR

EL RENACIMIENTO JONICO: LA CIVILIZACIÓN DE LOS GRIEGOS EN LAS RIBERAS DEL ASIA MENOR
En nuestro último capítulo hemos sugerido la
existencia de algún elemento en el carácter del pueblo
griego o en sus circunstancias, durante la Edad
.Homérica, que podría explicar el gran florecimiento
del genio creador en esa época. No podemos analizar
aquí el carácter del pueblo; pero no es imposible,
ni aun difícil, sugerir una razón social y política
que explique el progreso mental de los griegos,
mientras los babilonios, y más aún los egipcios, se
encontraban estancados.
En Egipto y en Babilonia la ficción de la monarquía
de derecho divino se había establecido muy
tempranamente como un medio esencial de gobierno.
Toda la actividad intelectual había caído bajo el
dominio de los sacerdotes que sostenían el trono. El
fomento de la superstición se consideraba como
una necesidad administrativa, y el progreso cultural
quedó paralizado. “Cuando los griegos comenzaron
a llegar a Egipto”, dice con agudeza un escritor
contemporáneo,4 y quedaron pasmados por su antigüedad
y abrumados por la multiplicidad de sus dioses,
sus castas y sus ceremonias, lo que en realidad
encontraron fue una nación de fellahin gobernada
con mano de hierro por una Sociedad de Anticuarios”.
Podemos respaldar este juicio con muchas citas
de escritores griegos, que estaban lejos de cerrar los
ojos ante el significado político de las supersticiones
conservadas por los gobernantes de Egipto. Por
ejemplo Isócrates, autor griego del siglo IV a. de C.,
hablando de un personaje mítico, Busiris, a quien
considera como el legislador de Egipto, dice: “Introdujo
muchas y variadas prácticas piadosas; él estableció
la ley por la cual deben venerar y honrar a
animales que son despreciados entre nosotros, no
porque abrigara ninguna idea errónea del poder de
esas criaturas, sino por otras dos razones. La primera,
que le pareció apropiado habituar a la plebe a
obedecer cualesquiera órdenes que le fueran impartidas
por sus superiores; la segunda, que quería poner
a prueba, mediante su concurrencia a esas
ceremonias públicas, las opiniones que sus súbditos
pudieran sostener sobre cuestiones más difíciles de
observar. Pues creía que quienes desprecian esas
ceremonias veniales, muy bien pueden menospreciar
también otras cosas más importantes, y que en
cambio podía esperar que quienes exhibían allí su
piedad fueran igualmente respetuosos de la ley en
todos los demás aspectos”5. Ahora bien, en los
tiempos homéricos esas cazones para el estancamiento
intelectual no existían entre los griegos. Sus
monarquías, como hemos visto, no eran absolutas, y
sólo tenían un leve matiz teocrático. Además, los
reyes gobernaban territorios exiguos, tenían a su
disposición recursos muy escasos de hombres y hacienda,
y eran tantos que resultaban poco más que
jefes de clanes. Odiseo, monarca de la pequeña isla
de Itaca, era un rey de reyes. En esas circunstancias,
las complicadas supersticiones que servían de apoyo
a la monarquía egipcia no hubieran desempeñado
ninguna función, y en realidad a Hornero nunca se
le ocurre tratar a sus reyes y nobles sino como seres
humanos. Asimismo, aunque conserva, como ornamento
poético y como símbolos adecuados del
pensamiento de la época, todo un calendario de
deidades olímpicas no se deja intimidar por ellas, y
sus reflexiones sobre la humanidad y su destino
nunca se subordinan a las exigencias de un credo
ortodoxo. Estas circunstancias sociales ofrecen por
lo menos una explicación parcial del surgimiento de
una literatura tan superior a la de las civilizaciones
más antiguas. Es también interesante observar que
justamente en la región que pretendía ser la cuna de
Homero aparecieron la ciencia y la filosofía en el
siglo VII a. de C., y que esos precursores de la explicación
racional expresaron sus pensamientos precisamente
en el idioma del gran poeta. Nos
ocuparemos ahora de ese vasto movimiento intelectual,
llamado el Renacimiento Jónico.
A lo largo del Egeo, sobre la costa del Asia Menor,
había en el siglo VII a. de C. una serie de ciujusto.
dades griegas: Mileto, Priene, Magne-sia, Éfeso,
Colofón, Clazomene, Focea, y las ciudades insulares
de Lesbos. Samos y Quíos, que disfrutaban de una
combinación de circunstancias tal como nunca antes
se había conocido en el mundo. Los griegos de
esas ciudades constituían una población inteligente
y emprendedora, de, orígenes étnicos mixtos ( pues
los inmigrantes griegos se habían emparentado con
los pueblos indígenas ) que hablaba la lengua en la
cual ya había hallado su expresión la copiosa y estimulante
literatura épica. Su régimen político era
avanzado, pues las viejas monarquías habían , sido
derrocadas, y había . llegado a su fin lo que podríamos
llamar el orden social feudal. Dada su situación
en la faja costera de Anatolia, donde salían al Egeo
las rutas de las, caravanas orientales, se habían convertido
en emporios comerciales, que exportaban
los artículos manufacturados del interior e importaban
en cambio las materias primas de Rusia Meridional,
Italia y España. También tenían relaciones
con Egipto pues en el siglo VII el rey Psamético,
fundador de la Vigesimosexta Dinastía, invitó a los
mercaderes griegos a instalares en su país, y tomó
mercenarios helénicos a su servicio. Bajo el estímulo
de esos contactos inmediatos con las antiguas civilizaciones, y de , las exigencias de su vida mercantil y
marinera, esos hombres que hablaban el idioma de
Hornero no podían dejar de crear una cultura original,
y así lo hicieron, evolucionando con brillante
originalidad en una cantidad de aspectos distintos.
En arquitectura, inventaron las encantadoras
formas del templo jónico, perfecto símbolo de su
carácter feliz, indiferente por completo al tamaño
en sí ( pues no trataban de intimidar a ningún pueblo
sometido)’ y sólo interesado en la proporción.
Aprendieron a hacer estatuas de mármol y de bronce:
y sus figuras humanas son de tamaño natural y
de movimientos más sueltos que en la escultura
egipcia. De los fenicios adoptaron el diseño de la
galera, y, lo que es aún más importante, el uso de un
alfabeto fonético. La literatura comenzó también a
revestir nuevas formas. Las baladas épicas, hechas
para ser recitadas en los banquetes de los reyes, ya
no respondían al espíritu de la época, y fueron reemplazadas
por versos líricos y elegíamos en los que
hallaba expresión directa la vida personal del poeta.
Así surgió una poesía de amor, de amistad, de
jovialidad, de política, de pobreza y riqueza, de guerra
y paz: la poesía de una era inquieta, aventurera e
individualista. Calmo, Arquíloco, Alcmeón, Minermo, Simónides, Alceo y Safo, fueron otros tantos
cantores recordados de esta época. He aquí dos pasajes
de Arquíloco:
I) “Discurría la doncella plácidamente, con un
ramo de mirto en una mano y una rosa en la otra,
velados sus hombros y su espalda con la sombra de
su cabellera”.
II) “No quiero tener por capitán a un individuo
alto, de porte fanfarrón, atuendo exquisito y labio
afeitado: dadme a un tipo bajo y robusto, patizambo,
bien plantado sobre los pies y de ánimo fogoso”.
Estas estrofas pueden dar una idea de la vivacidad
y la naturalidad de la poesía de entonces. Para
mostrar su sabiduría, su pasión, su ciencia de la
propia personalidad, sería precise dar ejemplos más
extensos.
Pero este temperamento vivaz, que veía e mundo
cotidiano con nuevos ojos, renovó algo más que
el arte y la arquitectura. Los griegos conocían las
explicaciones mitológicas del universo que eran corrientes
en las civilizaciones más antiguas, y tenían
también su propia mitología, como bien saben los
lectores de Homero y de Hesíodo. Pero de pronto
cesaron de inventar teorías para ocultar su propia
ignorancia, comenzaron a pensar en una nueva
forma, y a ofrecer explicaciones inteligibles de los
fenómenos del universo basadas en elementos de la
experiencia común. En la ciudad de Mileto, particularmente,
una sucesión de tres grandes pensadores,
Tales, Anaximandro y Anaxí-menes, inauguró
un capítulo de especulación racional sobre la naturaleza
de las cosas que significó el principio histórico
de la ciencia moderna. Allí, por primera vez, se
reconoció la teoría como organizadora de la experiencia.
Ya no se trata únicamente de decirse: “Haré
esto porque veo que da resultado”, sino de añadir
además: “Si da resultado, debe ser porque su naturaleza
es tal”.
¿Por qué está . constituido el universo de tres
clases de materia: sólida, líquida, y vaporosa? se pregunta
Tales. Y responde que probablemente las tres
puedan reducirse a una sola forma fundamental, a
saber, el líquido, tal como el agua puede congelarse
y hacerse sólida, o calentarse hasta que se evapora.
Anaximandro continúa este razonamiento con la
sugestión de que probablemente la substancia primera
no sea ni tierra ni agua, ni vapor, sino alguna
especie de común denominador de los tres. Anaxímenes
completa esta línea de especulación, por el
momento, opinando que la diferencia entre sólidos,
líquidos y vapores no es fundamentalmente cualitativa,
sino cuantitativa. Una pequeña cantidad de la
substancia primaria en un espacio dado, es vapor;
una cantidad mayor determina la forma líquida, y
mayor aún, produce la materia sólida. De este modo
la teorización racional penetró en el dominio de la
experiencia para organizarla y profundizarla, y nació
fa verdadera ciencia.
Del mismo modo, en esa época se procedió
también a purgar las observaciones astronómicas de
los babilonios y los egipcios de sus características
astrológicas, y sus conocimientos matemáticos, que
habían permanecido en la etapa empírica, y carecían
de abstracción y generalización, se desarrollaron
rápidamente hasta convertirse en una estructura lógica
coherente, en la cual se captaron claramente
por primera vez las condiciones de la prueba matemática.
Como el verso resultó inadecuado para esas
especulaciones y raciocinios, la expresión fue completada
mediante la creación de un estilo de prosa
que pronto evolucionó, a partir de unos principios
tan rígidos como torpes, hasta alcanzar una facilidad,
una variedad y una amplitud que satisfacen
tanto el oído como el intelecto. Se iniciaron también
la geografía descriptiva, la historia y la cartografía.
Y este fermento intelectual no se limitó a las
costas del Asia Menor, pues en aquella época de
colonización los griegos de Anatolia ya tenían sus
plazas comerciales en el otro extremo del Mediterráneo,
en Francia y España; y las ciudades griegas
eran tan numerosas e importantes en el sur de Italia
y en Sicilia que esa región llegó a ser conocida como
la Magna Grecia. Allí también cundió la especulación
sobre la naturaleza de las cosas, y los nombres
de Pitágoras de Crotona, Parménides de Elea, y
Empédocles de Agrigento son tan grandes como los
que distinguieron a Mileto y otras ciudades griegas
del Asia. Por último, fue en la ciudad de Abdera, en
Tracia, donde la especulación cósmica de la época
llegó a su culminación con la teoría atómica de Leucipo
y Demócrito. Su amplia explicación materialista
del universo es el digno remate del gran edificio
intelectual de la Grecia Jónica. Poder apreciar esta
proeza, seguir el curso de la especulación griega en
los ciento treinta años que separan a Tales de Demócrito,
es llegar a entender uno de los momentos
más vitales en la historia del pensamiento humano.
Para el estudiante, es ésta la introducción natural a
la historia de la filosofía y del pensamiento científico,
y su valor educativo ha sido reconocido hace va
mucho tiempo en las universidades de todo el mundo.
El gran período del Renacimiento Jónico se extiende
aproximadamente del 600 al 450 a. de C.
Desgraciadamente, casi toda la producción literaria
de esta época ha desaparecido. Lo que subsiste es
una multitud de fragmentos que han sobrevivido en
citas o en paráfrasis en las obras de los enciclopedistas.
biógrafos, escritores de diccionarios y compiladores
griegos de todas clases, que vivieron en
épocas posteriores. Las obras más antiguas que se
han conservado íntegras pertenecen a una colección
de obras médicas provenientes de la escuela del
gran médico Hipócrates, de la isla de Cos, y las más
antiguas de ellas datan quizás del año 500 a. de C. El
más grande de los monumentos conservados de la
prosa jónica es la Historia de Heródoto, escrita
aproximadamente a mediados del siglo v. Hipócrates
y Heródoto, lo mismo que Hornero, siguen interesando,
no sólo al especialista, sino al estudioso de
la historia en general. Obras como la Medicina antigua,
y La enfermedad sagrada, de Hipócrates, y el
juramento hipocrático, no son meramente parte de
la historia de la medicina, sino de la cultura humana.
Y la Historia de Heródoto sigue siendo tan divertida
en sus pormenores, y tan imponente en su efecto
total, como lo era hace más de dos mil años.