EL CARÁCTER DE LA CIVILIZACIÓN CLÁSICA SEGUN LA OPINIÓN DE UN ROMANO
Al promediar el siglo I de la era cristiana, uno
de los romanos más ilustres hizo el balance de la
civilización de su época. La cultura grecorromana
había alcanzado entonces la plenitud de su desarrollo.
Todavía le quedaban cuatrocientos años de vida
en Occidente, y después de ese plazo, otros mil en
Oriente, pero sin efectuar progreso alguno ni alterar
fundamentalmente su conformación.
Ese gran romano era Séneca. Oriundo de España,
había nacido en Córdoba en el año 5 a. de C.
Era el tutor del futuro emperador Nerón, y como
tal estaba íntimamente familiarizado con las esferas
oficiales de Roma. Era un filósofo, partidario, aunque
no fanático, de la escuela estoica. Era versado
en toda la rica cultura tara de Grecia y Roma, y no
vaciló en modificar su estoicismo con doctrinas y
actitudes tomadas de otras escuelas. De modo que
su pensamiento, aparte de ser vigoroso y original,
era también ilustrado. Si alguno conocía de cerca la
vida y la cultura de su época ése era Séneca, y ningún
otro hombre de la antigüedad estaba más habituado
a formular juicios sobre 1a civilización que
había heredado, ni tenía mejor título para hacerlo.
En opinión de Séneca, antes de la aurora de la
civilización había transcurrido una edad ruda en que
se carecía aún de los productos del arte, v en la cual
los hombres fueron aprendiendo gradualmente, por
pura experiencia. lo que les era Útil. Pero una vez
que sobrevino cierto progreso. en las artes y oficios,
se inició un período de comunismo primitivo, conocido
como la Edad de Oro, en el que los sabios,
los filósofos. eran los dirigentes naturales de la sociedad.
¿Pero qué clase de personas eran las que habían
inventado las artes y los oficios en que se fundaba la
vida material de la Edad de Oro> y de las edades
posteriores? El filósofo Posidonio, ciento cincuenta
años antes de Séneca. creía que todos esos descubrimientos,
a saber, la arquitectura, la carpintería, la
metalurgia, el telar, la agricultura, el molino, la rueda
del alfarero, habían sido productos de la superior
inteligencia de los filósofos; pero que éstos pensaron
que el ejercicio de esos humildes trabajos los
rebajaba, v por tanto se los entregaron a los esclavos.
A criterio de Séneca esta opinión carecía por
completo de fundamento. Según él, la invención de
las artes útiles de la vida cotidiana siempre ha .sido
obra de aquellos cuyo oficio es ocuparse por sí
mismos de esas cosas. Las artes y los oficios son el
producto de la experiencia y del ingenio nativo de
los artesanos, no el don de los filósofos a sus prójimos
más humildes. En prueba de ello aduce la experiencia
de su propia época, en la cual se habían
hecho cien tos inventos, como ser, ventanas de vidrio
traslúcido. pisos y muro,, huecos para la circulación
del aire caliente en los baños, un nuevo tipo
de columna circular lisa para sostener los techos, y ‘
oralmente, el arte de la taquigrafía. “Todas ellas-,
dice Séneca. “fueron invenciones de menospreciados
esclavos. La filosofía ocupa un sitial más elevado. No se dedica a adiestrar la:, manos. sino a instruir
el espíritu”.
Su objeción a la tesis de que los filósofos. son
los inventores de las técnicas no se funda únicamente
en la observación de los descubrimientos
coetáneos, sino también en un argumento moral.
Séneca comprende claramente, al revés de algunos
filósofos modernos que no consiguen poner su
pensamiento en relación inteligible con la sociedad,
que un objeto útil no puede concebirse simplemente
como un dispositivo técnico, sino que sólo
puede explicarse por completo en su contexto social.
Ofrece como primer ejemplo el del cerrojo y la
llave. Se trata de artilugios técnicos, pero su función
social es preservas la propiedad de un hombre de
otros que tal vez la necesiten más. Si los filósofos
inventaran el cerrojo y la llave, son culpables de haber
dado la primera lección de avaricia, el vicio que
llegó a destruir la sociedad. Menos aún quisiera Séneca
endilgar a los filósofos la responsabilidad de
haber inventado las artes superfluas de su época: las
imponentes mansiones, los cielo rasos decorados
con laca, las ropas de seda “que lejos de proteger el
cuerpo no amparan siquiera el pudor”, ¡las técnicas
destructivas del militar y el cocinero!
Séneca creía que la avaricia había destruido el
idilio del comunismo primitivo. En aquellos lejanos
tiempos “tanto disfrutaba el hombre en comunicar
un descubrimiento como en hacerlo, pues no había
ni escasez ni exceso, sino que todo era compartido
de buena gana, y el avaro no había aprendido todavía
a encerrar en la inacción los dones de la naturaleza
que son el medio de vida de sus semejantes.
“¿No debiera yo acaso”, pregunta. “llamar a los
hombres de aquella época los más ricos, pues no
podían encontrarse pobres entre ellos? Pero la avaricia
hizo irrupción en ese bendito estado y al tratar
de robar una porción del bien común y utilizarlo en
su propio provecho se desposeyó a s: misma de
todo, y de una riqueza ilimitada quedó reducida a
una estrecha propiedad. La avaricia introdujo la pobreza,
y codiciando mucho lo perdió todo. Por ello,
aunque ahora se afane por recuperar lo perdido,
aunque agregue un campo a otro campo, desalojando
a su vecino por el fraude o el oro, aunque extienda
sus posesiones al tamaño de provincias y dé
el nombre de fincas a propiedades que se tarda todo
un día en atravesar, no hay expansión de límites que
pueda devolvernos al punto de partida. Cuando se
haya hecho todo lo posible, tendremos mucho. Pero
en un tiempo lo tuvimos todo”.
Esta protesta de Séneca contra la avaricia se refiere,
evidentemente, a la forma de monopolio más
conspicua en su época, los latifundia, grandes fincas
privadas que se explotaban con mano de obra esclava,
y cuya posesión coronaba una carrera próspera
en la antigüedad clásica. Ésta era la forma de
propiedad para cuya protección estaba entonces
organizada la sociedad civil. Y continuando con la
descripción, Séneca agrega que los dominios de los
ricos eran entonces de tales proporciones que incluían
ríos enteros, desde la fuente hasta la desembocadura;
que abarcaban islas íntegras, donde otrora
había gobernado grandes capitanes, y que un terrateniente
afincado en Roma podía administrar como
propietario absentista, por intermedio de sus mayordomos
esclavos, fincas situadas más allá de los
mares Adriático, Jónico y Egeo. Como lo observara
Plinto, otro escritor de la misma época, los latifundios
ya habían arruinado a Italia y estaban entonces
arruinando a las provincias.
Las consecuencias humanas de esta desproporción
en las riquezas no pasaban inadvertidas para
Séneca. “Bajo techos de paja se cobijaban hombres
libres”, expresa, “pero en nuestros palacios de oro y
mármoles habitan esclavos”. Y en verdad, cuanto
mayor fue la riqueza material de la sociedad clásica
en un período determinado, mayor fue la cantidad
de esclavos Durante cuatrocientos años, desde el
año 150 a. de C. hasta el año 250 de C., los esclavos
constituyeron las dos terceras partes de la población
del Imperio romano. Y se los tenía en tan poco que,
como Séneca no deja de recordarnos, se les daba
muerte por pura diversión.
La única cura que Séneca puede imaginar es el
retorno a la simplicidad de la Edad de Oro, antes
que la avaricia arruinara a todos. Que los hombres
vuelvan a vivir en las cavernas, se vistan con pieles,
hojas y plumas. beban con la mano, del arroyo, y se
tengan todos por hermanos. “Dormían entonces
más profundamente sobre la dura tierra que ahora
en sus mullidas camas. Yaciendo a campo abierto y
viendo las estrellas deslizarse sobre sus cabezas
contemplaban la gloriosa procesión de la noche, el
universo girando en torno a ellos en silencioso
cumplimiento de su ingente tarea”.
De modo que Séneca está desilusionado. Y del
triste círculo de sus pensamientos, en los que el
progreso material de ‘la humanidad parece entretejido de modo inextricable con la descomposición
moral de la sociedad, no ve otra salida que la ociosa
exhortación a invertir el proceso de la historia. Su
análisis es penetrante pero insuficiente. Está en lo
cierto cuando habla del origen de las artes y los oficios,
de la íntima relación de las técnicas con el carácter
de la sociedad, del simultáneo incremento de
la riqueza y de la esclavitud. Pero no ha podido escapar
completamente a las limitaciones de su tiempo.
Continúa manteniendo una absoluta separación
entre la filosofía y las técnicas. No puede entender
que la filosofía permanecerá estéril hasta que se
avenga a estudiar la tierra. No pudo adivinar que el
matrimonio del intelecto con la industria llegaría a
trasformar el mundo. Su visión de la vida bienaventurada
se proyectaba en el pasado, no en el futuro.










